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Dos ministras

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El hábil presidente de la prosperidad democrática ha buscado entregar a mujeres los asuntos que requieren una atención esmerada. Él sabe que una mujer se juega toda por dar la talla. Y conoce cuál es la necesidad del otro.

Comenzó por María Ángela Holguín como canciller, porque quería tener un juego con proyección exterior. Y la ministra se ha ganado palmaditas porque ha hecho su tarea.

Dos asuntos que requerían la respuesta más urgente, los entregó a mujeres que no han tenido la vitrina de Holguín. La educación y la salud son arterias de este cuerpo que es el país y en ambas, sabía Santos, había serios problemas represados que sólo una mujer aceptaba encarar.

Para la educación escogió a una reputada presidenta de la Cámara de Comercio de Bogotá, cuya formación es de ingeniera industrial especializada en finanzas. María Fernanda Campo se estrenó como ministra con una salida en falso sobre la reforma a la educación superior que supuso estaba suficientemente cocida y dijo que no daba espera de tiempos académicos al ritmo que tenía el Gobierno. El resultado es que tuvo que devolverse al punto de partida y se consolidó un movimiento estudiantil que lidera la participación de muchos en el debate. Pero al tiempo, la ministra Campo recibió los malos resultados de las pruebas con las que se mide la formación y el tener un millón de niños por fuera de un sistema educativo que tiene por dentro 13,5 millones de alumnos. Qué hacer con la calidad de la educación, con el porte de armas y con el narcotráfico en los colegios, con la formación de los profesores… Todo esto ha recibido de ella paños de agua tibia que revelan su carácter de gerente por encima del conocimiento hondo de la materia que administra. Su lenguaje neutro busca complacer sin comprometer, y dice perlas así: “Las escuelas y colegios tienen que ser territorios sagrados, dedicados al aprendizaje y al estudio”; “la política educativa para los próximos cuatro años: educación de calidad, el camino de la prosperidad”. Y para repartir textos escolares en planteles y mejorar su imagen, ha hecho una gira nacional por escuelas donde la ‘sorprenden’ fotógrafos llevando sombrero vueltiao , como una turista que mira desde arriba las mesitas donde los niños ven sorprendidos a esta forastera.

Beatriz Londoño es la mujer que aceptó ser ministra de Salud cuando se sabían los casos de corrupción en las EPS, las disparidades de cifras en el Fosyga, en los precios de los medicamentos de Colombia con otros países. Esta médica, con maestría en salud pública, que fue formada en cargos del Seguro Social, de urgencias de un hospital universitario, de la Secretaría de Salud del Distrito y del ICBF, ha puesto riendas al uso de los $40 billones que vale la salud en Colombia, se ha empeñado en humanizar un sistema que iba camino a ser una burocracia kafkiana y su propósito mayor es ocuparse de los primeros mil días de cada colombiano desde el embarazo, porque cree que esa es la clave de su formación. Merece todo crédito quien tiene clara una tarea y la hace en silencio.

Es la diferencia entre la seriedad y la precisión de Londoño con la improvisación y la imagología de Campo. Esta última busca, ante todo, incondicionales, por lo que ayudó a reelegir al rector de la Universidad de Antioquia, contra todo pronóstico, porque la apoyaba. Ese es otro de sus tumbos.

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