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¿De la sanidad mental, qué? Las medidas antivirus se han referido a la salud del cuerpo, a la economía, al surtido de comida y drogas, al encierro de la gente para esquivar el veneno. No hay nada en pro del apaciguamiento de las personas.
Al contrario, los procedimientos anunciados se parecen a los de las catástrofes naturales o epidemias de corto vuelo. Suelen ser acertados, ayudan a disminuir los riesgos. Solo que estas calamidades son cortas en el tiempo y no obligan a cortar de tajo la dimensión social de los seres humanos.
Hoy es distinto. Una mujer española aparece en video mandando mensajes a sus amigas para que pasen con ella una cuarentena compartida. Les pide que lleven licor, suelta la risa. Alega que no aguantaría quince días encerrada en casa con marido e hijo. Termina poniendo ojos de angustia.
No es solo la sociabilidad extendida la que peligra frente a las medidas de restricción. Es sobre todo la estabilidad sicológica la que sufre un freno de sopetón. Cualquiera diría que el Estado no se debe meter adentro de las cuatro paredes de los hogares. Que el resorte de los gobernantes termina en la puerta de casas y apartamentos.
En condiciones habituales, cuando la marcha social está pintada de rutina, esta veda del Estado en la vida privada es deseable. Pero la pandemia que vivimos está removiendo las certezas más antiguas de la humanidad. Se sabe a duras penas que sus primeros brotes comenzaron en diciembre anterior. Pero nadie en el planeta adivina cuándo se irá el bendito virus.
Se contabilizan los muertos que aumentan exponencialmente, se lamentan los millares de contagiados, algunos expertos se atreven a pronosticar cifras en millones. Lo único cierto es que los confinamientos y próximos toques de queda se amañarán entre nosotros por meses. De hecho, a los viejitos ya los condenaron a mínimo dos meses y medio de ostracismo.
¿Alguien ha pensado en los estragos síquicos que causa esta revolución espacio temporal? Escrutar la borrasca interior, contemplar la veleidosa parca que ronda, cercenar las extremidades en su función de abrazo, son operaciones que dislocan el estado de gracia de los míseros mortales.
Entonces es indispensable programar auxilios inmateriales. La cultura, ese nutriente sin par del alma, tendría en estos trances una oportunidad de oro. Las diversas artes son vehículos de vitalidad sin las cuales el país a duras penas actuaría como una máquina. Y los hombres no están compuestos de tuercas, tornillos y circuitos.
Las autoridades harían bien en echar a andar la creatividad pública. Que la gente imagine ocasiones virtuales de contacto enriquecedor con sus amigotes, que la fiesta y la tertulia se trasladen a las pantallas individuales de modo que el lazo fecunde los sueños.
Sugerencias motivadas, proyectos fosforescentes hacia las circunvoluciones cerebrales, ofertas de asesoría profesional sobre cómo alumbrar el tiempo libre y encapsulado, estas serían iniciativas de los mandatarios para inyectar valor a los acuartelamientos y prohibiciones.