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Creo que fue en la segunda columna que escribí para este periódico en la que hablé de la condición de Álvaro Uribe Vélez como un rey taumaturgo a la inversa. Durante un tiempo largo —entre la Edad Media y el siglo XVIII— se creía que algunos reyes tenían la gracia divina de curar con el tacto. Había entonces romerías eternas de hombres y mujeres, con sus escrófulas supurantes, moviéndose por todas las regiones de Europa para asistir a los rituales de “toque real” y recibir el beneficio táctil de los reyes. En este país nos acostumbramos a las romerías de gente de todas las condiciones sociales para ser ungidos por el que consideran una especie de refundador de la patria. Pero, a diferencia de aquellos reyes que sanaban heridas, Uribe ha cundido de llagas a la mayoría de quienes se han acercado a él y a su proyecto político.
En prófugos, presos, investigados, desprestigiados, parias y hasta en cadáveres, quedaron convertidos muchos de los que se plegaron a su proyecto en medio de una aureola de idolatría política. Algunos llegaron sanos, la mayoría no tanto, lo cierto es que todos terminaron no en cuarentena, sino en el ostracismo político. En estos tiempos de pandemia la sociedad saca a flote los discursos de la reflexión y la responsabilidad como alternativa para evitar el contagio masivo. Por supuesto, quedarse en casa: aprovechar para pasar tiempo de calidad con la familia, jugar con los hijos e hijas, no acaparar productos, preocuparse y proteger a los más vulnerables, ser solidarios, leer, leer mucho, o anunciarlo en las benditas redes (¿si alguien lee un libro y no lo anuncia en las redes sociales, leyó el libro o no lo leyó?). En realidad, nada extraordinario a como se debería comportar la sociedad en situaciones normales, pero lastimosamente el ritmo de voracidad productiva al que está sometido el mundo lo impide. Quizá la pregunta sería: en tiempos del virus Covid-19 y de invitación a la reflexión y la responsabilidad social, ¿lo harán quienes se dedican al ejercicio del poder?
Esto pasará. Con su costo. Muy alto. Pero pasará. De lo que no estoy seguro si pasará es esta cosa mafiosa, tumefacta, virulenta y gangrenosa en que algunos —o mejor, los que sabemos— han convertido el ejercicio de la política en Colombia. No es un descubrimiento decir que Uribe y su grupo ya no generan el fervor político de tiempo atrás; la romería de devotos en santa adoración política no tiene las mismas dimensiones que antes. Pero a pesar de los escándalos que surgen a diario, todavía hay gente que se inmola por él y por el partido. Todavía creen en su inocencia. Todavía asumen que todo sucede a sus espaldas. Todavía él se mueve como si nada, como si los escándalos no tuvieran mayor trascendencia. Todavía hay gente dispuesta a poner el cuerpo y recibir el virus por él… “Él es el virus”, dirán algunos.
Dice un adagio popular que donde hay perros la gente no se echa pedos —es un poco más escueto el dicho, pero dejémoslo con ese toque de pudor—. ¡Pase!, increpa el amo que acaba de lanzar el viento fétido al perro echado a sus pies. Lo más probable es que le dé un puntapié para enfatizar su orden. Pero el perro seguirá allí —por miedo o por una extraña idea de fidelidad o por las dos cosas—, lamiéndose las llagas que le ha generado su propio amo.