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El encuentro entre Dilma Rousseff y Barack Obama suscita muchas expectativas. El gobierno de Rousseff ha hecho un esfuerzo diplomático para coconstruir una agenda positiva con Estados Unidos, dejando al margen ciertos temas complejos como la posición de Brasil en relación con el proyecto nuclear de Irán.
Desde el principio de su mandato, mediante la actuación meticulosa de su canciller, Antonio Patriota, Brasil se ha distanciado del tema de Irán y se ha apropiado de un discurso de defensa de los derechos humanos.
Sin minimizar lo que las inversiones estadounidenses representan para Brasil, China hoy por hoy es el socio comercial más importante de Brasil. Brasil llega a 2012 como la sexta economía mundial, sobrepasando al Reino Unido y, según analistas, en 2040 podría ser la cuarta. Sin embargo, da la impresión de que Estados Unidos aún ve a Brasil como “el país del futuro”. En el centro de la relación bilateral todavía hay viejos problemas no resueltos: subsidios de EE. UU. a la agricultura, proteccionismo de Brasil a la importación de servicios y productos manufacturados, percepciones muy distintas en relación con el tema de la propiedad intelectual y temas geopolíticos como la aspiración de Brasil a ser miembro permanente de la ONU y el apoyo de Estados Unidos a India.
Pareciera que las aspiraciones globales de Brasil, muchas veces lejos de los intereses de Washington, transforman a Brasil en un invitado no muy bien venido al club de líderes internacionales. Para que esa agenda “positiva”, según el lenguaje diplomático, se transforme en una agenda productiva, sería muy importante el reconocimiento de Estados Unidos en lo que se refiere a la aparición de un nuevo líder.
Beatriz Miranda Cortés