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Las guerras del agua

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Al parecer la humanidad está dividida en dos vertientes fundamentales con respecto al agua: hay quienes creen que el agua es mineral y nace de las rocas del desierto como en los textos bíblicos, y hay otros, por ejemplo los colombianos tropicales, que creemos que el agua en realidad es vegetal y que depende de los árboles, los musgos y los líquenes. Y las soluciones que cada facción propone para el caso del agua son opuestas.

En un reporte del servicio de inteligencia de los EE. UU., publicado el 22 de marzo de este año, se “profetizan” las guerras globales por el agua. El comentario de la secretaria de Estado Hillary Clinton al leer el informe no es un concepto nuevo: “Mientras la población del mundo continúe creciendo, la demanda de agua crecerá, pero nuestros suministros de agua dulce no mantendrán el ritmo” . Ni es nuevo que se hable de “inestabilidad en las zonas afectadas”, un eufemismo del reporte para hablar de las posibles guerras del agua entre países, especialmente en el continente africano.

Lo que sí es novedoso, por expresarse de manera tan clara y abierta la estupidez humana, es la solución que se propone. Como la agricultura es la responsable del 70% del consumo de agua, dice el reporte, lo que hay que hacer es modificar genéticamente los cultivos para que gasten menos agua y puedan resistir a las sequías e incluso prosperar en aguas salobres o servidas. ¿No es eso estupidez, incluso si es astuta?

El reporte sugiere que “Estados Unidos puede beneficiarse de un incremento en la demanda por exportaciones agrícolas en tanto la escasez de agua se incrementa en varias partes del mundo” y en el fondo proponen que los países cuya agua escasea, les abran sus mercados. Como siempre, los intereses económicos priman sobre el sentido común y el instinto de supervivencia de la especie.

¿Pero acaso, pensando desde el concepto del agua vegetal, no es más obvio que los Estados ricos ayuden a los pobres a proteger sus cuencas, a reforestar y a disminuir el impacto ambiental de su avidez de combustible y minerales que acaban con las selvas? Si Colombia, con sus ya muy mermadas pero rescatables riquezas hídricas, recordara que pertenecemos al reino del agua nacida de las plantas y que el agua puede cultivarse, estaríamos garantizando un futuro nacional y planetario. Pero si decidimos que valen más el coltán, el petróleo y los monocultivos de palmas y de pinos, estamos destinados a la sed, el hambre y las guerras por el agua. Es increíble, por no decir criminal, que los gobernantes colombianos estén pensando en minerales muertos y no en el agua viva que ofrecen nuestros montes. Menos mal Estados Unidos, gracias al TLC, nos seguirá vendiendo maíz modificado y frutas larga vida a precio en dólares, y agua mineral embotellada en plástico en las plantas de Cocacola & co.

dharmadevaopinion@gmail.com

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