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Las declaraciones de la canciller Angela Merkel —un referente con gran credibilidad y muy bien informada—, según las cuales entre un 60% y un 70% de la población terminará afectada, invitan a pensar que toda precaución se puede quedar corta. La gestión de la crisis, partiendo de un grave problema de salud pública, tiene dimensiones económicas, pero ante todo de decisiones políticas que los gobiernos deben afrontar. Aparte de la recesión, con sus efectos, es muy probable que pocas cosas sigan siendo como “antes”. Estamos en una situación excepcional que demanda respuestas excepcionales.
El problema, en el origen, es complicado. Se trata de un virus prácticamente desconocido para el que no existe vacuna y fuertemente contagioso, con un número de infecciones (2,68 personas por contagiado) de más del doble que la gripa (1,28), y una tasa de mortalidad de entre 2% y 4% en China, que ha llegado al 6,6% en Italia. Como sucede con otras enfermedades, al aumentar la edad aumentan sus efectos perjudiciales. Ningún sistema de salud del mundo estaba preparado. Nadie sabe cuál puede ser su evolución en el trópico, pero tenemos a favor la experiencia de los países que se nos “adelantaron”. Corresponde utilizarla, preguntar a los chinos, aprender rápidamente.
El éxito en la gestión se refiere a identificar el virus a tiempo y asumir de inmediato las medidas que correspondan por duras y drásticas que puedan ser, incluyendo la suspensión de actividades escolares y, como lo han hecho de manera tardía en Italia y algunas localidades de España, la cuarentena forzada. La clave, por ahora, se encuentra en la capacidad de realizar las pruebas en el mayor número de ciudades y departamentos, lo que debe ser una preocupación, también, de las autoridades locales. Alcaldes y gobernadores deben tomar las medidas que correspondan en sintonía con el Gobierno Nacional, pero pueden esforzarse en proveer los equipos necesarios para identificar a tiempo la enfermedad en sus territorios.
A falta de una vacuna, las medidas de prevención divulgadas (lavado de manos, distanciamiento, aislamiento voluntario) son casi todo lo que podemos hacer.
Conociendo tan poco sobre el comportamiento del virus, tampoco sabemos mucho de sus efectos económicos. Ya hablamos de recesión al interrumpirse la estructura productiva y de comercio mundial, agravada por la más que inoportuna (¿habrá alguna oportuna?) guerra del petróleo entre Rusia y Arabia Saudita, que ha puesto el barril a 30 dólares, propiciando la valorización exagerada del dólar y afectando duramente a países que, como Colombia, dependen en buena medida de sus exportaciones. Las reservas de Colombia, en las circunstancias actuales, alcanzan para un año de importaciones, siendo suficientes para pagar la deuda externa de corto plazo y el déficit en cuenta corriente por un periodo similar. La intervención del Banco de la República, intentando otorgar liquidez y poner un techo a la tasa de cambio, era indispensable, pero el asunto no termina allí.
¿Qué ocurrirá con los sectores inicialmente afectados y los que sobrevendrán? El turismo, por ejemplo, comienza a sentir el impacto de la enfermedad y las restricciones; la disposición de un fondo de $250.000 millones ha sido una medida que resultaba necesaria, pero puede no ser sostenible ni suficiente. En el caso del fútbol, la decisión de jugar a puerta cerrada parece inminente, pero puede ser la única fórmula para que los clubes aspiren a recibir ayudas del Estado. Se vienen, como en otros sectores, solicitudes de subsidios y en algún momento la flexibilidad en las fechas de pagos de impuestos puede resultar insuficiente para mantener y estimular la actividad económica. ¿Quién pagará y con qué recursos el costo de la crisis? Tampoco tenemos, por ahora, respuesta, pero conocemos que corresponde al Gobierno, de la mano y con el respaldo del país, gestionarla.
El presidente Duque ha asumido, personalmente, la responsabilidad de la tarea, correspondiendo y comprendiendo el tamaño del problema. Superando eventuales e inevitables diferencias de intereses y politiquería, debemos rodearlo, respaldarlo y, por supuesto, actuar en todo lo posible para que nos vaya bien.