Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Los tiempos sagrados y los paganos viven en el concubinato. Por eso toda semana santa tiene su luna mágica. Celebraciones arcaicas, sagradas y profanas, que reviven en la conciencia colectiva la carne y el hueso que somos.
Y es que la magia sucede cada luna llena de Aries cuando, cuarenta días después del carnaval, se abren los cielos para recordar que los ciclos pueden ser nuevos y el mañana mejor.
Como experiencia sacra o excéntrica, la magia es el hecho de querer recordar que somos polvo y que en la nada nos convertiremos. Ritos visibles o repeticiones inconscientes que construyen mitos y desalojan los recuerdos del abandono primigenio o de todo pecado original ilusorio. La magia es aquella experiencia que abre los sentidos a la mística y a la unión tanto con el sentido de infinito como con el sentido de arraigo local. Es casi mejor que una receta de cocina llena de ingredientes finos como el azafrán.
Arcaicos, modernos y posmodernos, corremos atafagados detrás de los aparatos que nos venden la certeza del futuro. Buscamos salirnos del tiempo y le invertimos millones a los enseres de la vanidad o a poderes efímeros que nos persiguen en sueños cuando buscamos el éxito a toda costa y en especial a costa de otros. Ahogamos los miedos y mieditos para ni verlos porque en el fondo sabemos que el existir hoy es igualmente exigente que oficiar de chamán guiando a su tribu. Magia es toda celebración vital y la magia más real es aquella del abrazo cercano, de la fiesta gozosa, de la soledad reflexiva, de la comida en compañía, del caminar con otros y del vade retro al pesimismo. Magia es la conexión con un alma que no puede disecarse ni encontrarse.
Por esto, hoy como antes, hay que ser mago, hechicero y bruja. Requiere de sensibilidad, de sentido del otro y de comprender que el planeta es nuestra responsabilidad, porque con todo y rituales de otros tiempos, se nos olvida que agua, tierra, aire y fuego, más allá de ser hornos alquímicos, son los símbolos de nuestra supervivencia como especie. Naturaleza humana mal cuidada es la encrucijada para un mundo que no acaba de ser moderno ni arcaico ni mucho menos innovador. Hoy, segundo a segundo y en cada rito cotidiano, hay que apostarle a la construcción de un mito para que éste planeta pueda llegar a la versión 3.0 de sí mismo.
otro.itinerario@gmail.com