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Quiero expresar mi contento por la excelencia que domingo tras domingo va alcanzando la edición del periódico.

Conjuntos como el del domingo pasado, con temas inesperados y de impecable factura narrativa y revelación de misterios, el de la papisa, y asuntos de actualidad e interés para los lectores, hacen del periódico una delicia que se agota en la cama con el primer café.

Hace años que eso no sucedía, con unas noticias repetidas y penosamente refritadas.

Los felicito por recuperar la actualidad dentro de un criterio de examen y análisis que falta hace para someter los delirios de esta realidad de vértigo.

Dora Bernal Nieto. Bogotá.

La ‘teatrofobia de Héctor’

Insólita la confesión fóbica del escritor Héctor Abad en su nota “Contra el teatro” del domingo 25 del mes de marzo en El Espectador, no porque a él este espectáculo con miles de años de existencia y patrimonio de la vida de las sociedades humanas le produzca el desagrado que a otros les ocasionan los sapos, ya que eso es asunto de su fuero interno y personal. Lo inaceptable de la misma es sostener que los grandes dramaturgos que él cita (“Shakespeare, Ibsen, Lope, Sófocles, Chéjov…”), por cierto que en un notable batiburrillo diacrónico, se dedicaron al teatro “… hace siglos, cuando ellos y el teatro estaban vivos, al mismo tiempo”, lo cual no solamente es una absurda acta de defunción tanto de sus obras inmortales como de ellos mismos y del teatro en general, a pesar de que él quiera zafarse, en tono chistoso y ridiculizador, de sus equivocadas absolutizaciones elogiando el Festival de Bogotá, que “debe existir y apoyarse y protegerse como los aviones, las culebras y los sapos”, a pesar de que él le tenga fobia, como a estos animales y esos portentosos pelícanos de fibras de vidrio y aluminio que navegan en el mar del cielo.

Descuida nuestro escritor que los autores que él da por muertos, así como muchos otros más, ya desaparecidos físicamente, están bien vivos en la vida teatral y cultural de todos los países del mundo que no han cometido el osado desvarío de decretar su defunción. Por último, vale recalcar una perogrullada: el desempeño del actor en el escenario, como lo quería ese gigante del teatro universal, Bertolt Brecht, con su famosa teoría del ‘distanciamiento’, es apenas una ‘representación’; y si los actores, como lo señala burlonamente nuestro fóbico-crítico “tienen que exagerar” estos reclamos, a punto de ridiculez, parece desconocer (lo cual es increíble) que el ‘actor’ no es el ‘personaje’ sino su ‘representador’, que debe construir con su talento a quien ‘representa’, es decir, inventarle una voz, unos gestos, una manera de reír, de andar, de hablar, y pare de contar.

Álvaro Morales Aguilar. Bogotá.

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