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La liberación de los secuestrados y la renuncia de las Farc al secuestro como forma de financiación son buenas noticias para Colombia.
Todo parece indicar que los runrunes sobre eventuales acercamientos entre el Gobierno y la guerrilla, gracias a la intermediación de los hermanos Castro, tenían algo de cierto. Pero lo arduo está aún por venir. No será fácil para las partes en discordia desmontar sus ideologías y aparatos de guerra. El exterminio de la UP; la persistencia del paramilitarismo en sus múltiples mutaciones a lo largo y ancho del territorio nacional; el negacionismo de nuestra directa o indirecta responsabilidad en la continuidad del conflicto; la burla a los derechos de las víctimas de la violencia; el silencio de la guerrilla respecto de los demás secuestrados y desaparecidos que enlutan a tantas familias; todos estos factores no nos permiten ser muy optimistas sobre las verdaderas opciones de paz para el país.
Como es costumbre, nos enfrascamos ahora en interminables debates jurídicos sobre el marco para la paz. Ya se tramita en el Congreso a iniciativa del Gobierno una reforma constitucional para darle piso a una justicia transicional que permita la incorporación de los cabecillas de ambos bandos a la vida civil y al ejercicio político. Sin duda nos tocará tragar muchos sapos para facilitar el cese de hostilidades, la desmovilización y la firma de un acuerdo. No sobrará estar preparados igualmente para aceptar la intervención de la justicia internacional que pueda anular los acuerdos políticos lesivos de los principios y valores más caros de la humanidad. Pero es un riesgo que deberemos correr si queremos superar finalmente el estado de guerra.
Una verdadera paz, no obstante, pasa por un cambio fundamental de actitud en nuestra forma de pensar y de relacionarnos. Bien lo decía Kant en Sobre una paz perpetua, esperanzado ensayo escrito luego del armisticio entre Prusia y Francia en 1795: una condición preliminar para precaver la guerra es no guardar reservas mentales a la hora de acordar la paz. En el país tal condición es casi imposible de cumplir. Las dobles intenciones y la suspicacia de la población en general amenazan destruir cualquier acuerdo de cese al fuego e impedir el arribo a un estado de civilidad.
Sin una verdadera voluntad de paz los esfuerzos serán vanos y la frustración de todos mayor. No hay nada en el mundo, ni siquiera fuera de él, que sea más grande que una buena voluntad, como diría el filósofo de Königsberg. Necesitamos mujeres y hombres con buena voluntad que se comprometan con una constitución republicana, basada en el respeto de la libertad, la igualdad y la solidaridad de todos quienes viven bajo una misma legislación.
Poco o nada contribuye a alcanzar los anteriores propósitos la persistencia en la combinación de las formas de lucha por cualquiera de las partes en conflicto. Tampoco ayudan la ineficacia del proceso de Justicia y Paz; la morosidad de la justicia para identificar y sancionar a los financiadores y beneficiarios de la guerra; la irrisoria indemnización administrativa a las víctimas; o la empantanada restitución de tierras a campesinos e indígenas. Con todo, el desafío principal más que jurídico es cultural: ¿cómo aprender a vivir sin pretender imponer a los demás las propias convicciones, valores o intereses, incluso mediante el uso del engaño y de la fuerza?