Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Cuando se trata de evaluar la política exterior de Santos no existen lugares intermedios. Para unos —muchos medios de comunicación nacionales— ésta es una política exterior de enormes alcances que ha logrado poner a Colombia en las ‘grandes ligas’.
El actual director del noticiero RCN, Rodrigo Pardo, llegó incluso a calificar la actual como una ‘diplomacia de oro’.
Para otros —algunos académicos y analistas— el panorama es menos optimista. El servicio exterior sigue adoleciendo de los mismos vicios de siempre y no se sabe exactamente cuál es la visión estratégica y de largo plazo que guía tantas ansias de protagonismo internacional.
¿Cuál es la causa de semejante nivel de disenso en el diagnóstico? ¿Qué lleva a unos a hablar de la ‘diplomacia de oro’ y a otros a ser más escépticos?
Para empezar, es preciso decir que Colombia es un país que se conforma con poco. Gracias a la estigmatización internacional sufrida a causa del narcotráfico y el conflicto armado, la opinión pública nacional es feliz con que se logre que uno o dos países más no nos pidan visa. Sufrimos de un complejo internacional tan fuerte que si tenemos un presidente al que Estados Unidos no califique de narcotraficante y le quite la visa, o al que la Unión Europea no califique de violador de derechos humanos y le boicotee una visita oficial, nos damos por bien servidos.
Nuestros estándares son muy bajos: si el presidente Santos dice que quiere ser líder regional, aquí nadie le pregunta ni por qué ni para qué, y mucho menos indaga sobre el contenido de dicho liderazgo; ya es una gran cosa que alguien hable de que podemos ser líderes regionales, así que los ‘detalles’ no son relevantes.
Nuestros complejos son tan grandes que si el Gobierno decide postular funcionarios a cargos internacionales sobresalientes, a diestra y siniestra, y alguien se pregunta por la lógica detrás de dicha estrategia, la respuesta va a ser que pasamos por un gran momento internacional y hay que aprovechar. ¿Aprovechar qué y para qué? Ni idea, pero siempre será mejor estar que no estar (a menos que se trate de Ocampo).
Aquí todo es un logro y por eso la política exterior es la única política pública que se evalúa con base en medios y no en fines. Por ejemplo, en Colombia ya es un gran hito diplomático que la Cumbre de las Américas se vaya a hacer en el país; lo que ello signifique en materia de nuestros propios objetivos internacionales (si es que los tenemos) es secundario.
Igual sucede con Venezuela: la normalización de las relaciones con el vecino país debía ser entendida como un mecanismo para avanzar en temas claves de la agenda bilateral (comercio, seguridad fronteriza). Pero aquí, los medios y la opinión festejan la nueva amistad entre Chávez y Santos —el medio— sin preguntarse por los resultados que ha producido esta relación —el fin—.
El actual puede ser el momento ideal para abandonar los complejos y dejar de conformarnos con tan poco.
* Sandra Borda Guzmán, Profesora asociada, Departamento de Ciencia Política, Universidad de los Andes.