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La economía colombiana viene mal de tiempo atrás. La apertura comercial configuró una balanza de pagos altamente deficitaria y dependiente del petróleo. El déficit en cuenta corriente de la balanza de pagos llegó a 4,5 % del PIB a finales del año pasado y con la caída de los precios del petróleo puede llegar a 6 %. Como lo han anticipado los mercados, la economía está expuesta a expectativas de devaluación y movimientos de capitales que la dejan a la deriva. En dos días el dólar superó los $4.000.
La política oficial está orientada a contrarrestar la caída de la economía por el fracaso de la apertura comercial con el aumento del consumo por encima del producto mediante el aumento en el déficit fiscal y la reducción de impuestos a los sectores altos. Como bien se vio con la Ley de Financiamiento, el expediente aumentó el déficit en cuenta corriente, redujo el empleo y no evitó que los sectores tradicionales de mayor capacidad de expansión, como la industria, la agricultura, la construcción y la minería, crecieran cerca de 0,5 %. El producto nacional evoluciona en forma persistente por debajo de las proyecciones oficiales y de los organismos internacionales.
Los gestores y diseñadores de la política económica de los últimos 30 años incurrieron en el grave error estratégico de mantener un déficit estructural de la balanza de pagos de 4,5 % del PIB y propiciar la dependencia del petróleo que opera con precios superiores a los costos. En coro crearon el caldo de cultivos para un colapso de la balanza de pagos que rememora las crisis de mediados del siglo pasado. Mal puede interpretarse como un fenómeno pasajero. Lo que Arabia Saudita y Rusia ganan con el aumento de las cantidades es más de lo que pierden por la reducción de las cotizaciones.
El cuantioso déficit en cuenta corriente contrae la demanda en magnitudes inimaginables. Las soluciones de los funcionarios de la administración anterior, y de la actual, de modificar la regla fiscal para que el Gobierno aumente el gasto e iguale los déficits gemelos, es un camino de difícil retorno. Por lo general termina en devaluación masiva o explosión monetaria.
Lo grave es que los funcionarios del Banco de la República y el Ministerio de Hacienda, al igual que los organismos internacionales, están altamente influidos por las versiones del libro de texto convencionales que proclaman que la economía es independiente de la balanza de pagos; en condiciones de tasas de cambio flexibles, la tasa de interés y el déficit fiscal garantizan la máxima producción y el empleo. La experiencia de los últimos 100 años de América Latina revela una realidad muy distinta. La balanza de pagos juega un papel determinante en la estabilidad y el crecimiento.
Mientras el país mantenga déficits en cuenta corriente similares a los de los últimos años, no podrá recuperar las tasas de crecimiento históricas. La solución de fondo no puede ser distinta a la de modificar la estructura de comercio internacional que viene de la apertura de 1990-1994. Hay que limitar las importaciones mediante aranceles, renegociación de los TLC, políticas industriales orientadas a contrarrestar las diferencias de productividad en forma selectiva con los países de mayor desarrollo y establecer exenciones tributarias a las empresas que amplíen las exportaciones y el empleo. Luego, en la medida en que se reduzca el déficit en cuenta corriente, se puede avanzar en una estrategia abierta de industrialización de alta complejidad y aprovechamiento de la agricultura para reducir la dependencia de la minería. Como se muestra en mi último libro, por este camino es posible recuperar la estabilidad de la balanza de pagos, elevar el crecimiento y mejorar la distribución del ingreso.