Los enredos de los dioses

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Regocijante lectura me brindó el libro Los dioses también pecan, de Eduardo Lozano Torres, publicado por Intermedio Editores. El solo título es sugestivo para penetrar en la vida de estas figuras mitológicas que la imaginación sitúa en mundos que suenan más etéreos que reales. A través de los siglos, los dioses del Olimpo han vivido cerca del hombre, y este, a su vez, se ha entusiasmado en tal forma con su existencia fantástica que los ha idealizado en famosas obras literarias –como la Ilíada, la Odisea y la Eneida–, lo mismo que en los campos de la escultura, la pintura, la música y el teatro.

Lozano Torres es un enamorado de los dioses desde su época juvenil, y a partir de entonces se interesó en cuanto texto de esta índole caía en sus manos. Más tarde, cuando cesó en su vida laboral, intensificó el estudio y la investigación hasta descubrir el misterio de sus ídolos y familiarizarse con ellos. Así lo prueban sus libros La caja de Pandora, Diccionario de mitología griega y romana y el que se menciona en esta nota.

Zeus y Poseidón son los dioses más importantes de la mitología griega, que equivalen a Júpiter y Neptuno en la mitología romana. Zeus, denominado el padre de los dioses y los hombres, ejercía poder arrollador tanto en el gobierno del Olimpo como en la conquista femenina. Enamoradizo y hábil para el cortejo, no había mujer que escapara a sus deseos, y así mismo iba dejando hijos por todas partes. Movido por insaciable lujuria, seducía tanto a las mujeres de los otros dioses como a las de su propia familia.

En este aspecto sobresale Hera, su hermana y esposa, que sufrió toda la vida la infidelidad conyugal. Debe anotarse que en el Olimpo no se conocía el incesto, hecho que se reflejaba en la frecuente relación sexual entre personas de la misma sangre. El festín de los dioses semejaba una orgía eterna. En este paraíso libertino eran, por supuesto, inevitables los celos, la traición, la infidelidad, la ira y la venganza.

Lozano Torres, fiel intérprete de lo que sucedía más allá de las fronteras terrenas, enfoca su obra en describir a los dioses con sus pasiones y sus debilidades, sus pecados y sus desenfrenos, e incluso con sus amores puros, porque de todo había en aquella sociedad. Por encima de todo, el historiador realza el amor como la génesis de la estirpe humana. Las artes amatorias, que algunas veces practicaban los dioses con crudo realismo, no son otra cosa que la viva expresión de la naturaleza erótica de que están dotados tanto los dioses como los hombres.

Los mitos existen como evidencia de lo invisible y lo enigmático y sirven para explicar el origen del universo y el sentido de la vida. Los dioses tenían asignados diversos oficios o características que cumplían a cabalidad, y los transfirieron a los humanos. De este modo nació Argos en la “Gazapera” de El Espectador, quien con sus 100 ojos descubría cuanto gazapo cometían los columnistas, y es además autor del delicioso Cursillo de mitología (1983). Por su parte, Hefesto, dios del fuego y los volcanes, aterrizó en Nueva Frontera como consejero de Carlos Lleras Restrepo, director del periódico, quien llevaba en la sangre a Aries, el signo del fuego, y no ignoraba que esta marca definía su personalidad.

escritor@gustavopaezescobar.com

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