Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Parte de las bondades del Cirque du Soleil, además de existir, claro está, es haberle abierto senderos a la expresividad circense, enriquecerla con un surtido de lenguajes y lograr que en ciertos escenarios, tal y como ocurría en el siglo XIX en el madrileño Circo de Price o en el Circo Fernando en París, se programen espectáculos inspirados en una sorprendente y a menudo llena de poesía gramática teatral.
El Iberoamericano, desde hace ya tiempo, ha sido el agente para que por aquí se conozcan manifestaciones de ese tenor; sobra decir que la influencia del circo, a su turno, ha permeado la dramaturgia y que a veces no resulta fácil establecer el lindero entre géneros.
En esta ocasión, la compañía de origen suizo de Daniel Finzi Pasca, cuyo gestor ha creado varias puestas para el Cirque du Soleil y que se presentará en el Jorge Eliécer Gaitán hasta cuando termine el festival, ha concebido, como homenaje al gran dramaturgo, un espectáculo que bajo el título de Donka, una carta a Chéjov, recrea las atmósferas y algunos personajes del escritor ruso. La mayor parte de la acción sugiere un hospital en razón a que el cuentista y autor teatral, a causa de la tuberculosis, pasó mucho tiempo en sanatorios y murió en uno de ellos.
Si bien la propuesta tiene escenas muy conmovedoras, como aquella que hace referencia a La gaviota al final del primer acto, o esa otra que, en la conclusión, evoca la muerte del homenajeado; y, al mismo, tiempo presenta actos escalofriantes protagonizados por contorsionistas, trapecistas y acróbatas que quitan la respiración en atmósferas muy sugerentes, adolece en general de una cierta irregularidad por un exceso de tono clown que, a veces, fractura el clímax. Acaso con menos concesiones, y con una mayor dosificación del humor, se pudo haber mantenido la delicadeza sin que se hubiera comprometido la espectacularidad.
No obstante hay que aplaudir un tono que, por momentos, emociona así como la musicalización, con esos acordes nostálgicos de un acordeón cromático en vivo que evoca el sonido del bayán ruso. Por otra parte, y a pesar de que se agradece la buena voluntad del elenco, habría sido deseable que o bien se expresara en su lengua natal y se recurriera a la traducción en vista de que muchos diálogos son ininteligibles, o que se restringieran los coloquios humorísticos, que poco le ayudan al concepto. En todo caso, tras las tragedias de Macbeth o de Hamlet, el aciago destino de Peer Gynt o las incertidumbres de Nora en Casa de muñecas, resulta refrescante sumergirse un rato en una propuesta que, como lo dije, tiene el prurito de la belleza aunque a veces decaiga por la ávida búsqueda de la risa del respetable.
*Fernando Toledo