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Muchos políticos se han involucrado, y sabiéndolo, con personajillos de “dudosa ortografía”. Lo hacen para conseguir aportes por debajo de la mesa, sacar votos y tener aceptación en algunas regiones.
Al final, esos políticos creen que la gente es boba y que terminará creyéndoles la inocente historia de que, en su momento, esos personajillos de “dudosa ortografía” eran gente de bien, reputados “empresarios”, mansas palomas y hombres caritativos, pues sobre ellos no existía orden judicial que hiciera pensar que era verdad lo que todo el mundo sabía de ellos: que eran bandidos en uso de reinante impunidad.
Ante un escándalo por esas relaciones non sanctas, como en cualquier campaña contra el coronavirus, esos políticos mal acompañados acuden a la vieja y trillada estrategia de lavarse las manos con absurdas teorías que no logran desvirtuar ni la más elemental de las pruebas y mucho menos la cantidad de fotos y videos que demuestran, hasta la saciedad, sus malas andanzas.
La sociedad, cada vez más hastiada con esas alianzas entre políticos, mafiosos y paramilitares, reacciona con contundencia y celeridad. No de otra forma puede depurarse la política colombiana, en la que se hace más real el dicho según el cual “la política atrae lo peor de la sociedad y corrompe lo mejor”.
Ahora le tocó el turno a Duque. El Ñeñegate tiene sus particularidades. Duque decidió transitar en la política en las huestes del uribismo, cuyo mandamás ha sido identificado históricamente, por algunos, como cercano al paramilitarismo y al narcotráfico, lo que incluso ha sido motivo de procesos judiciales en su contra y también de condenas impuestas a sus más cercanos amigos políticos y de la vida. Duque sabía en lo que se metía desde el día en que decidió hacer política al lado de Uribe y, sobre todo, desde el día en que aceptó y se lucró de ser “el que Uribe diga”. Salvo que Duque sea un iluso, él sabía que uno no puede meterse a una piscina y no salir mojado, y mucho menos cuando el escándalo vincula a quien, como se ha sabido, era su íntimo amigo desde la infancia.
Llama también la atención lo que escribió Duque en el 2017 cuando estaba en frenética y desesperada oposición, y que hoy como presidente se niega a hacer, pues es bueno para predicar, pero muy malo para aplicar. Dijo Duque: “Si entran dineros oscuros a una campaña política, sanción no debe ser solo para un gerente, el candidato debe responder con cárcel”. Y, como si fuera poco, Marta Lucía Ramírez, también en esa época, sentenciaba con su acostumbrada “capacidad” para hablar de todo: “Es mejor perder decentemente que ganar unas elecciones con trampa. Uno de candidato debe saber qué dineros se mueven en su campaña”.
En esto estoy de acuerdo con Duque y Marta Lucía. Coincidimos en que cuando esas cosas pasan por andar con personajillos de “dudosa ortografía” hay que asumir responsabilidades y no evadirlas. Lástima que, ya en la práctica, se escurran de lo que ellos mismos dijeron y nos demuestren que de andar mal acompañados, decir mentiras y evadir responsabilidades sí saben.