Globalización microbiana

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Nada más poderoso y eficiente que una amenaza natural, para que quede demostrado que los seres humanos somos iguales. Iguales ante la furia del mar, ante el poder devastador de los terremotos, ante las avalanchas de nieve o de lodo; también ante la acción invisible de seres microscópicos que nada preguntan antes de meterse en el laberinto de uno u otro cuerpo, y de pronto hasta del alma, de personas de cualquier lugar, entorno o condición.

Las “unificaciones microbianas“ fueron una de las notas sobresalientes de las relaciones internacionales con motivo de las grandes expediciones y descubrimientos de hace unos siglos. Entonces, al ritmo de las conquistas de nuevos mares y territorios, se agitó, en forma que solo habría podido ser advertida por los microscopios, un intercambio mundial de microorganismos que funciona conforme a sus propias reglas, universales e implacables. No hubo, ni hay, imperio capaz de controlarlo, antes de que haga males desde su condición encriptada, que lo puede volver letal. 

Curiosamente nos hemos acostumbrado a preocuparnos y a respetar las grandes depredaciones, provenientes de la capacidad humana al servicio de la guerra y la destrucción, mientras por allá de manera casi imperceptible surgen amenazas universales que pueden tener un potencial destructivo superior al del armamentismo tradicional.

Las amenazas microbianas han sido una constante en la vida de la humanidad. Muchas pestes le han dado varias veces la vuelta al mundo. Sólo que no hubo quien lo advirtiera, ni tanta gente que las llevara de un lado para otro, ni medios de comunicación que difundieran a diario sus avances por la geografía del planeta. 

Las conquistas y las migraciones, las exploraciones aventureras y las acometidas comerciales, han sido simpre fuente de intercambio de microbios. Así, enfermedades que no existían en una u otra parte aparecireon donde jamás habían estado, e hicieron estragos. Véanse no más las consecuencias biológicas de la célebre conquista de América, y de unos cuántos genocidios de origen microscópico y consecuencias dramáticas.  

Los únicos que han sido capaces de ir a cualquier lugar del planeta, aparte de los seres humanos, son los microbios, que logran inclusive llegar más allá. Con el aditamento de que, advertido el peligro, la evidencia de la enfermedad desata el terror, que golpea y destruye almas, mientras el microbio destruye los cuerpos.

Amenazas micro orgánicas, como la del virus que hoy preocupa al mundo entero, suelen dar lecciones de humildad a los poderosos, pues los obligan a sentirse iguales a aquellos a los que quisieran ignorar. A los del otro extremo les sirven de advertencia, y en el fondo de esperanza, en torno a un concepto aterrizado de igualdad.

El Covid 19 , que avanza escondido, en cualquier lugar del mundo, en los cuerpos humanos más insospechados, no respeta modelos políticos, ni fronteras, ni clases sociales, ni creencias religiosas o afiliaciones políticas o culturales, ni malquerencias entre figuras de la vida pública que, ante la amenaza común, pierden importancia y pueden parecer tonterías o payasadas. Entre otras cosas, se ha convertido más bien en una especie de aglutinante de pueblos y gobiernos, que buscan unirse para enfrentarlo. 

El ataque micro orgánico que afrontan hoy todos los países del mundo, pone a prueba la credibilidad, la idoneidad, la capacidad, la eficiencia y la pertinencia de los gobiernos. Permite apreciar su autoridad y la sensatez de la que pueden hacer gala, y sobre todo su capacidad de adelantarse a los hechos y acertar en estrategias y decisiones. 

Los médicos, y los sistemas de salud, están una vez más a la vanguardia de la defensa de la sociedad. En muchos casos de una sociedad que no está dispuesta a cerrar filas en torno a ellos. Ahora sí muchos vuelven la mirada, con admiración y esperanza, hacia galenos e investigadores abnegados que por lo general pasan su vida encerrados, sin miedo al fracaso y con la llama viva de la ilusión de obtener resultados que sirvan para sacar a la humanidad de sus angustias. 

Las miradas también se vuelven, en este caso con más esperanza que recelo, hacia la industria farmacéutica, vilipendiada por la sencilla razón de que suele ganar mucho dinero, sin perjuicio de que invierta otro tanto en investigaciones, pero a cuya puerta corre afanado todo el mundo a pedir que investigue rápido, entienda el problema, y provea cuanto antes de una solución, que entonces sí se ve como tabla salvadora.

Están a prueba los medios de comunicación que, en países de desarrollo incipiente, congregan grupos inusitados de personajes “sabelotodo” , que lo mismo opinan sobre problemas de estado que sobre farándula, nimiedades de la vida cotidiana, tragedias, y problemas científicos, cinematográficos o dietéticos. 

En fin, están a prueba también la disciplina social, la capacidad de pensar en el otro, la intención de no hacer daño y de proteger al colectivo de la humanidad, sobre la base de la verificación de que, después de todo, sí somos verdaderamente iguales ante el peligro de una epidemia, o del cambio climático, de la escasez de oxígeno o de la falta de agua. 

Ojalá se supere exitosamente la actual emergencia. Que el mundo entero aprenda una lección en favor de la democracia ambiental, y de la defensa de otras causas comunes, que en nuestra época no son pocas. Que se entrene en la manera de afrontar problemas de común acuerdo y pasar por encima de asuntos que, ante circunstancias de amenaza común, se revelan en su insignificancia y no son definitivos para la felicidad humana.

La aparición de un virus que, aunque no sea inevitablemente letal, ha puesto a prueba tantas facetas de nuestra existencia, nos puede servir como elemento de reflexión y como preámbulo de nuevas y mejores relaciones entre las naciones; de una comprensión del mundo sobre bases diferentes, con propósitos comunes, con más respeto de unos por otros, siempre con la conciencia de nuestras limitaciones y posibilidades ante la fuerza de la naturaleza.

Es muy posible que tengamos que pasar a nuevas formas de acción gubernamental, de comportamiento social, de manejo de la información, y de acción colectiva de la sociedad. Es deseable que pasemos también a nuevas formas de interacción humana. Tal vez sea necesario que se abra el paso a nuevas costumbres: por ejemplo que usemos formas de saludo amable y respetuoso, sin intercambio inútil y dañino de virus y bacterias, como ya lo hacen sabiamente algunos pueblos orientales. Que seamos capaces sentirnos parte de una misma humanidad, y de una misma causa. Por ahora, la de superar la embestida de un microorganismo que accidentalmente comenzó a afectar a los seres humanos en un rincón del mundo y vino a demostrar que estamos mucho más conectados que jamás anteriormente en la historia. 

Que se vuelva “viral” en la cotidianidad la observación de leyes no escritas de toma de conciencia de los elementos comunes a la condición humana, y de las reglas elementales de la supervivencia, que exigen solidaridad respeto y compasión por los demás.

Toda una serie de fenómenos y circunstancias son propicios para poner a prueba todo aquello que debemos aprender de esta experiencia. Ahí están el cambio climático, la defensa de la riqueza biológica del planeta, el respeto por los animales, y la conservación del agua y la del oxígeno. Todos asuntos de enorme importancia, que debemos manejar como causa común de la humanidad. 

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