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¡Inolvidable!

Fernando Toledo
27 de marzo de 2012 – 06:01 p. m.

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Si el director japonés Satoshi Niyagi, al frente de la compañía Shizouka Performing Arts, dejó a más de uno con la boca abierta en el pasado festival por su Medea,…

Si el director japonés Satoshi Niyagi, al frente de la compañía Shizouka Performing Arts, dejó a más de uno con la boca abierta en el pasado festival por su Medea, en esta ocasión la lectura del drama Peer Gynt del noruego Henrik Ibsen, paradigma de una época (1867), y no obstante de flagrante vigencia, trasciende cualquier categorización dentro del llamado teatro burgués para proponer una experiencia de buceo por los laberintos de la condición humana, mediante una densidad y consistencia para nada reñidas con una riqueza visual que convoca y emociona.

A partir de una exploración minuciosa de las disciplinas teatrales niponas, con referencias al kabuki, con una capacidad de sorprender tan vinculada al hedonismo, al bunraku o teatro de marionetas tradicional, al kyogen o comedia, y aun al simbolismo del noh, y, además, con una serie de citas que sugieren la ópera china, la tradición escénica occidental, el drama romántico, el teatro del barroco y hasta la literatura islámica, Peer Gynt ejemplifica a la perfección los niveles de exigencia obligatorios, y el consiguiente dominio de una amplia variedad de disciplinas, para que los grandes intérpretes consigan la comunicación, en un entorno de alta competencia, que requiere la contemporaneidad.

Difícil destacar, por una eficacia homogénea y que no decae a lo largo de las casi tres horas que duran las representaciones, uno u otro aspecto de un montaje que pide una exactitud milimétrica en el bosquejo de cada diálogo, movimiento a veces casi acrobático o, incluso, glosa musical a cargo de una sorprendente, por su nivel, orquesta de percusión y de vientos con instrumentos vernáculos con los mismo actores como ejecutantes. Se trata de una concepción, aún escenográfica, que parte de un enorme juego, metafórico, donde el destino y ese engaño que solemos llamar autodeterminación mueven a su antojo a los seres humanos como si fueran títeres y que lleva al auditorio, como debe ocurrir con el gran teatro, a reflexionar en torno al papel de cada uno en su propio desarrollo dramático.

Si a lo largo de los festivales varias puestas se han quedado en el recuerdo como hitos, esta transcripción de uno de los grandes dramas en la historia del teatro, redimensionado en función de un universalismo que se vincula con las más notables referencias y técnicas del siglo XX —Stanislavsky, Piscator, Brecht, Müller, Suzuki—, ocupará un lugar en la memoria por la plasticidad, por la hondura, por los toques épicos y por esa capacidad, que también cuenta, de deleitar a un público heterogéneo.

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