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Algo me dice que Guillermo Moreno, el funcionario predilecto de Cristina Fernández de Kirchner, le regaló a la presidenta El proceso de Kafka con motivo de su resonante triunfo electoral del año pasado.
Sola allá en la Casa Rosada y bajo la égida de Néstor, de Evita y de Perón, el libro al parecer le gustó, así se le haya antojado un pelín pesimista. Hay algo, en todo caso, que el autor no aclara y es que una dosis adecuada de turbiedad administrativa resulta esencial para una gobernante como ella.
Piénsese en Argentina, una gran potencia exportadora que paradójicamente teme una crisis de divisas debida a lo poco que la gente confía en la moneda, las estadísticas y las recetas económicas locales, lo que lleva a los empresarios a exportar su dinero a Miami apenas alguien les paga un cargamento de trigo, de soya o de carne. ¿Cómo se arregla eso? Fácil, no hay que recurrir a procedimientos engorrosos como la disciplina fiscal, la moderación en el gasto o las reglas claras, sino que es preferible aplicar ideas interesantes como las que Cristina encontró en el libro que le regaló su secretario de Comercio Interior.
Lo primero ha de ser bautizar el asunto con un nombre rimbombante, digamos “Declaración Jurada Anticipada de Importación” [DJAI], y luego embozar bajo la sigla el recurso a las viejas licencias previas de importación, de ingrata recordación. Las DJAI arreglan en par patadas cualquier déficit comercial, pues el país sigue exportando al tiempo que rebaja en forma drástica sus importaciones. ¿Que para la OMC eso puede entrañar una forma disimulada de proteccionismo ilegal? Bah, las sanciones no son inmediatas.
Pero hay más recovecos en la turbiedad burocrática. Digamos que ahora pasamos a los libros, un rubro menor en el comercio de cualquier país. Si uno quiere detener en seco las importaciones, es posible sacarse del cubilete la exótica noción de que debido al exceso de plomo en las tintas, un libro puede producir envenenamiento con plomo o saturnismo. ¿Pruebas de que el riesgo es real y afecta “la seguridad de la población”? Ninguna, pero en el mundo kafkiano las pruebas son superfluas.
La suma de ambas alcaldadas ahora implica que si un bonaerense quiere leer un libro no impreso en Argentina, tendrá que ir hasta el aeropuerto de Ezeiza, a 33,5 kilómetros de Buenos Aires, pagando quizá un taxi que demora casi una hora y que cuesta 35 dólares a la ida y 43 al regreso. Allí tendrá que abonar cerca de 60 dólares más, aparte del costo del envío. Y si no vive en Buenos Aires, olvídese del libro.
Es tan cruel la realidad con el folclorismo mental, que los únicos que teóricamente podrían sufrir de saturnismo en la industria editorial son los que trabajan en plantas de impresión anticuadas donde se usan tintas con alto contenido de plomo, o sea que el peligro estaría en imprimir libros en Argentina, no en importarlos.
¿Se está vengando la señora K de los intelectuales entre quienes tiene opositores notorios y que, por ejemplo, la criticaron cuando su minoría de paniaguados quiso desinvitar a Vargas Llosa a la Feria del Libro del año pasado? Bah, puede que no, puede que todo haga parte de la lógica de la burocracia que, según Balzac, es “un mecanismo gigante operado por pigmeos”.
Lo que obviamente indigna es que esto pase en el país más culto de América Latina. ¿No será que el obsecuente señor Moreno se anima y le regala a Cristina un libro de Borges?
andreshoyos@elmalpensante.com @andrewholes