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Siglo y cuarto de decir lo que se piensa

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Si usted le pregunta a alguno de los más de doscientos escritores que opinan en las páginas escritas o virtuales de El Espectador si alguna vez han sufrido una censura, la respuesta será un rotundo no.

El respeto por las ideas ajenas se ha ejercido en este diario por ciento veinticinco largos años. Al darle una mirada a la lista enorme de colaboradores nos damos cuenta de que el rango de ideologías y maneras de expresarse cubre todas las gamas, desde el más libertario anarquismo creativo hasta el conservatismo más estructurado. Quizás los radicales de izquierda o de derecha no se sentirían cómodos en un medio de estirpe liberal que busca mantener el justo medio, pero lo cierto es que encontrarían la libertad de expresarse, si quisieran, pues la única censura tácita es el mandato constitucional de ser socialmente responsables.

La libertad de prensa es frágil y es mejor no darla por sentada. En los países en donde la opinión ha sido amordazada, y son bastantes y algunos muy cercanos, la sensación de ahogo y de impotencia es horrorosa. Es mejor el bullicio de los medios, aunque a veces sea superfluo, abusivo o manipulador, que el silencio de muerte que se vive en los regímenes en donde la censura y el control se ejercen totalmente.

Los dictadores y los dueños del poder económico saben que el llamado cuarto poder es su amenaza, como lo ha vivido El Espectador en su larga trayectoria. La prensa es la primera en sufrir las presiones, que van desde las amenazas económicas de retirar las pautas hasta el asesinato de sus directores, como hizo el narcotráfico con don Guillermo Cano. Lo extraordinario es que el periódico siga tan campante y tan libre como siempre, sin “dar a las buenas y a las malas acciones unos mismos nombres”, como aconsejaba el fundador del periódico al inicio.

Es cierto que la independencia de los periodistas es cada vez menor (por fortuna está internet que lo compensa), ya porque se convierten en burócratas o porque los periódicos son negocios que protegen los negocios y pertenecen, en general, a los grandes industriales. Pero El Espectador se sigue saliendo con la suya y sus directivos luchan como el pez contra el anzuelo hasta que logran zafarse, a veces malheridos. Es trabajo difícil pues se vive amenazado siempre por la espada del interés mezquino, por un lado, y por el otro, la guillotina de desaparecer por inanición del escenario público.

Hay que insistir en cultivar la conciencia de lo que significa para los individuos y los pueblos la posibilidad de expresarse libremente. Uno de los aspectos que nos confiere a los colombianos esa sensación de ebullición vital, a pesar de las guerras permanentes, es precisamente nuestro afán de comunicarnos como sea. Y el papel de un medio como El Espectador, que generosamente abre sus puertas a periodistas, blogueros, tuiteros y foristas como punto de encuentro, es invaluable.

dharmadevaopinion@gmail.com

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