Publicidad

Napoleón en Bogotá

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

/

Una muestra de 300 objetos relacionados con la vida y época de Napoleón se está exhibiendo en el Claustro de la Enseñanza de Bogotá. Allí se encuentran, bien presentados, retratos, bustos, vajillas, relojes, espadas, hebillas, muebles y joyas.

Estas cosas pertenecen a una sola persona, Pierre-Jean Chalençon, quien las ha coleccionado con devoción y afecto durante toda su vida. Chalençon dice que desde su niñez “Napoleón me parecía fantástico…, más que el mismo Supermán”. A sus doce años vendió su moto y compró una carta firmada por el emperador. De allí en adelante dedicó su tiempo y dinero a montar la colección que hoy está en la ciudad.

Quienes tengan un conocimiento ingenuo de la historia, encontrarán, como corresponde a las posesiones de la corte de este emperador europeo, uno de los aventureros y arribistas más grandes de todos los tiempos, que lo que se exhibe, lujoso y refinado, es un reflejo de la deslumbrante personalidad de Bonaparte.

Pero quien no esté condicionado para aceptar que Napoleón fue un superhéroe, pensará que se encuentra frente al rastro material de un personaje vano, afligido por algún desorden mental (algunos autores hablan de psicopatía, otros de rasgos paranoides), que no merece la admiración, y que no puede ser el ejemplo de alguien que aprecie la vida y la civilización.

Antes de que la historia del siglo XX nos enseñara con sangre que debíamos desconfiar de los líderes carismáticos y providenciales, los mismos que promovieron guerras mundiales y horribles genocidios, circulaban novelas, biografías y libros de historia que nos hablaban de Napoleón Bonaparte como un hombre romántico, extraordinario, genio militar, promotor de un código ejemplar, amante del arte, en fin, un personaje fuera de serie, comparable a Alejandro, César y Carlomagno (más o menos, las mismas bobadas que repite Chalençon).

Un examen frío del personaje nos señala que Napoleón fue el precursor de los sangrientos totalitarismos del siglo XX, de los aparatos de inteligencia dedicados a espiar a los gobernados, el autor de fraudes en los referendos, una persona sin escrúpulos para utilizar el terror como arma política. Shom sostiene que Napoleón causó, sin más motivo que la obsesiva búsqueda de su gloria, la muerte de más de tres millones de personas, y la desaparición de 50.000 franceses en cada uno de los años que duró su sangriento paso por la historia de Europa.

Uno de los perturbados personajes de Houllebecq decía que admiraba a quien “hizo llover fuego sobre Europa y mató cientos de miles de personas sin cubrirse con la hoja de parra de la ideología, la fe o la convicción política. A diferencia de Hitler y Stalin, Napoleón sólo creía en sí mismo. Había establecido con éxito una separación radical con el resto del mundo, y consideraba a los demás como simples instrumentos de su voluntad imperial”.

Quien piense en estos hechos, no podrá ver sin prevención los numerosos bustos del emperador, entre ellos los célebres de Canova, en arrogante pose de césar romano.

Aun así, no faltarán, entre quienes se deleiten con los objetos del emperador, algunos que piensen que Colombia necesita con urgencia un extraordinario líder carismático, un verdadero Napoleón de las montañas de la Patria. No es difícil adivinar a quién pudieran tener en mente.

Conoce más

Temas recomendados:

 

Comentarios
Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación

Inscríbete a nuestros newsletters

Lo bueno que es estar informado y de una manera diferente desde tu correo electrónico.

Selecciona los newsletters que quieres recibir
Al inscribirte, aceptas nuestros T y C y nuestra Política de privacidad.
Infórmate rápido