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De El Espectador nacido en la calle de El Codo -en esos años del siglo XIX en el que los liberales eran demonios y la regeneración el antecedente remoto del uribismo- al diario multimedia de hoy hay apenas una arroba de diferencia. Lo obvio: la revolución tecnológica que se profundizó con el despelote de la era digital; ser parte del portafolio de activos de un poderoso conglomerado económico.
Lo menos obvio: que a pesar de esas transformaciones sustanciales, El Espectador mantiene su tono, es decir, el de la diversidad, el de ser un medio, como ayer, insertado en un subdesarrollado sistema de mercado, defensor de unas instituciones democráticas débiles, inmaduras, pero al mismo tiempo con el temperamento suficiente para ponerse al margen del sahumerio, de los alzafuelles de siempre, dar un paso adelante y tomar una actitud altiva, crítica.
En suma, es una empresa periodística, que al ritmo de los acontecimientos del siglo XX, fue marcando diferencias abismales con sus competidores, hasta el punto de que en la década de los ochenta, a pesar de compartir el credo liberal y sus luchas por atraer más lectores y mercados, no podría ser más distinto a El Tiempo, el símbolo máximo del poder, que había optado por taparse la nariz, mirar a otro lado, y defender, sin bemoles, a todos los gobiernos.
Ciento veinticinco marzos después, las familias que regentaban los dos grandes diarios de circulación nacional, vendieron sus propiedades, ante el hecho innegable de que, en las actuales circunstancias del mundo, un medio escrito sólo subsiste con un gran músculo financiero detrás, que le permita tener un pie en el papel y la tinta y otro en las nuevas reglas del juego de la economía y racionalidad digitales. ¿Hace entonces menos crítico y menos independiente a un medio el hecho de que haga parte de poderosos conglomerados económicos? Creo que las categorías independencia, imparcialidad, fiscalización, crítica, con las que se definen los medios de comunicación y los periodistas, se quedan cortas en estos tiempos que corren.
Veamos. Independencia: cualquier medio, llámese radio, televisión, prensa o sitio en internet, defiende ciertos intereses, la mayoría de ellos legítimos. Imparcialidad: hasta José Obdulio, si usted le pregunta, dirá que sí, en efecto, es un profesional equilibrado, al que lo desvela la verdad. Fiscalización: hoy por hoy, cuando ya es casi imposible ocultar nada, todo sale a la luz, (desde los múltiples escándalos del uribato hasta las turbulencias del proceso ocho mil), pero otra cosa es control y denuncia serias llevadas hasta sus últimas consecuencias. Crítica: todos los medios y los periodistas son críticos, por definición. “Destacamos lo bueno y señalamos lo malo”, es la frase de cajón.
¿Entonces? En esa difícil y a veces azarosa relación de los medios de comunicación con su público (ese conjunto de grupos e individuos marcados por diferentes cosmovisiones, experiencias y etnias) el punto clave, hoy, es que cualquier medio (sea El Tiempo de Luis Carlos Sarmiento Angulo, o cualquier pequeña emisora regional) pueda recoger tal diversidad de voces, que las puertas abiertas permitan la entrada de múltiples sujetos sociales, que las obligaciones legítimas de defender un sistema, no se traduzcan en asumir, de manera irracional, la lógica de la guerra. Que la búsqueda de mercados y de ingresos, no pase por encima de la permanente exploración de la verdad.
Ahí está el reto decisivo. En su largo recorrido, El Espectador ha sido espacio abierto para aquellos a los que se les cerraron otras posibilidades. No ha entrado en el periodismo de trinchera, ha mirado de otra manera la realidad, sigue siendo una voz a veces solitaria que ha sobrevivido a los cambios y a las vicisitudes económicas y políticas. La radio y la televisión periodísticas son otra historia: aún les falta mucho para dejarse permear por la pluralidad, por los matices, por las diferentes maneras de pensar. A pesar de sus grandes avances tecnológicos, su mentalidad aún está en la edad de piedra.