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Apreciado doctor Sarmiento:
Me dirijo a usted ahora que no sólo controla más del 30% de la banca del país y participa en 65 empresas que se mueven en casi todos los sectores de la economía, sino que también es propietario del 88% de El Tiempo, el principal diario de Colombia.
Como usted lo sabe bien, el negocio de la prensa escrita siempre ha sido muy difícil, y lo es mucho más ahora, cuando las publicaciones en internet adquieren mayor auge, porque la gente obtiene en la red información gratuita y dispone, así, de una gama inmensa de opciones para informarse.
Sin embargo, ser propietario de un medio escrito, especialmente uno tan sólido como El Tiempo, le va a traer dividendos de otro orden: le dará la posibilidad de ejercer un poder mucho mayor; le permitirá defender sus ideas de manera más notoria y, seguramente, gracias a él influirá más en la política colombiana.
Pero, ¡ojo, doctor Sarmiento! ¡Usted podrá disfrutar de esas ventajas en la medida en que los lectores de El Tiempo consideren que el periódico les está dando una información veraz, que tiene en cuenta todos los puntos de vista, que consulta la mayor cantidad de fuentes, que no está al servicio del poder de turno y, muchísimo menos, de los intereses de su dueño!
Varios columnistas se han preguntado cómo será El Tiempo ahora que usted lo domina. Divagan sobre si es posible que suministre información confiable cuando usted tiene tantas inversiones en casi todos los sectores, especialmente en el financiero. Con razón, indagan sobre qué tanta libertad tendrán los reporteros para informar sobre reformas tributarias, políticas de vivienda, impuestos que toquen al sector financiero, o para investigar al ministro de Hacienda de turno o a los ponentes de un proyecto de ley que afecte sus intereses.
Ante esas dudas fundadas me hago dos reflexiones tranquilizadoras: la primera, que usted siempre ha sido un gran hombre de negocios y que, por ello, tiene que saber que El Tiempo perderá su influencia si los lectores identifican en él a un medio, no de información, sino de manipulación, y que, en ese caso, no sólo dejará de ser negocio sino que se convertirá en el peor de todos. De hecho, ya la influencia de El Tiempo no es la misma de antes: ya no pone ni quita presidentes, ya no maneja la cabeza de los colombianos, ya la gente busca otras fuentes de opinión en medios como El Espectador, Semana, los periódicos de provincia y en portales independientes que cada vez tienen mayor auge, como La Silla Vacía y Kien&Ke. Y el otro buen augurio es que quiera mantener en la dirección del diario a Roberto Pombo, colega que se inició como periodista en la revista Alternativa, que fue brazo derecho de Gabriel García Márquez en su experimento de la revista Cambio, que conoce El Tiempo por dentro, que sabe de la ética y los avatares del oficio y que, además, tiene una cualidad fundamental: es buena persona.
Alguna vez, doctor Sarmiento, usted me contó que se había iniciado como constructor, con plata que le prestaban los bancos. Pero que cuando había visto que la utilidad se la llevaban ellos, había puesto un banco. Estoy segura de que esa misma visión lo llevará a garantizar la calidad, veracidad y confiabilidad de El Tiempo. ¡Le deseo, pues, mucha suerte, en esta nueva, delicada, pero fascinante responsabilidad que acaba de asumir!