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Longevidad periodística

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La supervivencia de los periódicos impresos es una discusión, y los más longevos sacuden sus páginas para preguntarse cómo evolucionar y responder al ruido reinante: de su extinción y de la información por internet.

En Colombia, El Tiempo se alista para cambiar de propietario a sus 101 años y pasar del grupo español Editorial Planeta, dueño desde el 2007, para quedar en manos de uno de los 64 hombres más ricos del mundo, colombiano él. Pagará 100 millones de dólares más de los que pagó Planeta. Dentro de sus múltiples habilidades, entre las que se destaca ser un ágil contador, Luis Carlos Sarmiento Angulo oficia como consejero presidencial ad hoc, aunque al parecer lo fue más del anterior gobierno que de este, por su gran afinidad con Álvaro Uribe. El empresario considera que ser dueño de un gran medio de comunicación contribuye a “defender la institucionalidad”. Y si hay algo que haya hecho El Tiempo durante toda su historia, desde cuando los Santos eran sus inspiradores, es eso. Sin importar quién gobierne, el diario apalanca el poder para mantenerlo sólido.

Ya El Tiempo en el 2010 hizo una reforma cosmética a su edición impresa para asemejarla a una página virtual, con pestañas en las que uno suele dar clic, pero esta vez para dar el imperativo sobre “qué hacer”. Impotable invento de ‘rediseñadores’, ya muy criticado.

Y es que los diarios atribuyen a remozar su forma propiedades mágicas. El Colombiano celebró sus 100 años asumiendo el formato tabloide europeo, al que llega tarde, pero llega, y con el que se ahorra papel y tinta. Aunque sea grapado, sigue siendo periódico y en su ideario es cada vez más tradicionalista en política y religión. A pesar de serlo, decidió que su logotipo se cortara y en lugar del nombre genérico que había conseguido, dejó una inicial: C., como si fuera un punto co su identidad. Los cambios sustanciales de contenido, de géneros periodísticos y calidad narrativa están pendientes. Pero quedó claro en su celebración de 100 años: la fiesta donde la farándula se dio cita por cuenta del periódico, parecía la de un canal de televisión dedicado a la alfombra roja. También se había confundido antes prestando su poder para mantener en la política a la familia Gómez Martínez.

Los 125 años de El Espectador, por otro lado, subrayan lo que ha sido su destino: la independencia, el valor y la defensa de la libertad de opinión. Aunque su propiedad pasó de la familia Cano al empresario Santo Domingo, su diversidad de intereses económicos no ha coaccionado al diario. Tiene formato tabloide y periodicidad diaria, luego de salir en su nueva época como semanario. Pero lo suyo es la persistencia en un ideario. Suma la filosofía de volver la opinión y la interpretación parte de la información, como respuesta al desvarío de las “redacciones multimodales” y otros inventos de temporada.

Por su lado el New York Times llega a sus 160 años teniendo por primera vez una directora mujer, Jill Abramson. Ella asume la transición de la prensa escrita, como se lo cuenta a John Carlin en una entrevista publicada en El País de España el 12 de febrero. Los principios que defiende son básicos: “información rigurosa, edición inteligente y redacción elegante”. A juzgar por los 850 mil suscriptores de la edición impresa y los 46 millones de visitas al mes a su página web (que cobra el acceso pleno), son los que deberían regir a los periódicos longevos para sobrevivir y cautivar nuevos lectores. Para evitar, como lamenta un suspicaz cuando mira el obituario diario: “Ay, un suscriptor menos”.

Se comprueba la validez para todos los medios de la frase de Albert Camus, hallada hace poco, sobre lo que se espera del periodismo: “La lucidez, el rechazo, la ironía y la obstinación”.

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