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Ninguna vida está exenta de marcas, heridas y recuerdos dolorosos.
Toda vida es un recorrido mediante el cual comprendemos que, no bien pasa el tiempo, nos abismamos al ignorar quiénes fuimos, concretamente, en el pasado. El corazón no conoce de imágenes, y aprehender el amor, la tibieza de una piel, o la frialdad de una muerte, puede ser un ejercicio imposible para el escritor.
Hace muchos años no leía un libro de Paul Auster: había sucumbido, al principio, a sus tramas donde el azar y los divertimentos literarios me fascinaban, pero cuando comencé a sentir que el juego de Auster se volvía deliberado y predecible, no quise seguirlo con la misma fidelidad con que lo había hecho cuando descubrí libros que me marcaron como La trilogía de Nueva York o La música del azar.
Hace poco, sin embargo, vi en una estantería Diario de invierno, el más reciente libro de un autor que ha sabido mantenerse vigente en las vitrinas durante años. El más europeo de los escritores norteamericanos, según la crítica, había escrito una especie de hoja de ruta de su vida, y yo, con dudas, lo compré. Debo decir que su estilo en segunda persona del singular me pareció algo manido, poco comprometido, pero las primeras cuatro líneas me dejaron absorto y a pesar de la molestia hicieron que siguiera leyendo. Ese “Piensas que nunca te va a pasar a ti” para hablar de la vejez y de la muerte me conmovieron. Diario de invierno se convirtió en una especie de embrujo, de camino enredado por el cual pasé mis ojos para comprender que Auster se ha enfrentado al vacío, a la soledad, a la inocua manera de pasar la vida. Y ante el silencio se ha atrevido a componer un bello libro sobre lo que significa estar vivo y también sobre lo que significa crecer, ver morir a las personas que más se quieren, separarse de las que se amó en algún momento, o asistir al nacimiento de un hijo.
Con una sencillez pasmosa, Auster hace de este diario un hermoso tratado sobre la existencia. Insiste en reconocer que es quien es gracias a esas marcas y cicatrices de las que hablaba yo al principio. Y cuando se cierra la última página uno agradece tanta honestidad, y tanta tristeza. Y sí, tantas cosas buenas también. He vuelto a Auster.
Diario de invierno, Paul Auster, Anagrama.