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Hace apenas unos meses, las perspectivas de inflación y tasas de interés señalaban una clara curva de bajada. De pronto no tan rápido como se quisiera (o se necesitaría), pero en todo caso se veía un descenso.
Por ejemplo, Leonardo Villar, gerente del Banco de la República, afirmaba que el Índice de Precios al Consumidor (IPC) retomaría su camino hacia abajo en el primer semestre de 2026. En concordancia con este tipo de pronunciamientos, analistas de todo tipo también mostraban un nuevo ciclo de recortes en las tasas de interés.
Para este punto, las tasas que fija el banco central llevan cinco reuniones consecutivas en el mismo nivel (9,25 %), una especie de compás de espera que comenzó en junio del año pasado. De hecho, en todo 2025, la junta directiva de la entidad realizó un solo recorte en sus tipos.
Buena parte de la argumentación detrás de esta postura, que fue definida por el propio Villar como de “cautela”, era esperar mejores perspectivas para una inflación que, si bien tuvo descensos el año pasado, también mostró repuntes y algunos comportamientos que no terminaron de tranquilizar a la junta directiva del Emisor. Para diciembre de 2025 (el último dato disponible), el IPC cerró en 5,1 %, tan solo 0,1 puntos porcentuales por debajo del cierre de 2024.
Este viernes la junta directiva del Banco se reúne para tomar la primera decisión del año sobre tasas de interés. Ahora las perspectivas han cambiado. Pero lo han hecho para mal, para muy mal.
El atropellado camino de las proyecciones
En diciembre pasado, o sea, hace poco más de un mes, los analistas consultados en la Encuesta de Opinión Financiera de Fedesarrollo tenían una proyección mayoritaria que ubicaba el IPC para finales de 2026 en 4,65 %, aún lejos de la meta del Banco de la República (3 %), pero bajando frente a los resultados de 2025 y acercándose al rango del banco central (que oscila entre 2 % y 4 %).
Un mes después, en los resultados de enero, la mayoría de los consultados ubicó el resultado de inflación para 2026 en 6,5 %, poco menos de dos puntos porcentuales completos por encima de lo estimado en diciembre.
Algo similar ocurrió con las proyecciones de las tasas de interés, que pasaron de tener una perspectiva de 9,25 % para finales de 2026 (o sea, en el mismo nivel actual) a una subida pronunciada, que las llevaría a 11,25 % para diciembre de este año.
Este es apenas uno de los sondeos que elevan las perspectivas de tasas e inflación. La mayoría de centros de análisis económico han hecho lo propio con sus proyecciones, en mayor o menor medida: subir, subir, subir.
Para Laura Clavijo, directora de Investigaciones Económicas Sectoriales y de Mercado de Bancolombia, la inflación cerraría el año en 6,4 %. El consenso del mercado, según la encuesta de Expectativas de Analistas Económicos que realiza mensualmente el Banco de la República, está en una inflación de 6,2 %. En menos de un mes, las expectativas para el cierre de 2026 aumentaron en 1,2 puntos porcentuales.
¿Por qué todos son tan pesimistas? Bueno, en la mitad de la discusión, el Gobierno decretó un aumento de 23 % en el salario mínimo, que es más de cinco veces el resultado de inflación de diciembre y casi que duplica, en algunos casos, las proyecciones más elevadas que había sobre el alza en este indicador.
La opinión del mercado para este momento parece establecer una correlación casi directa entre el aumento del salario y un crecimiento en la inflación, que llevaría a una consecuente alza en las tasas de interés para contener este hipotético rebrote.
Sin embargo, bajo la visión del Gobierno, una cosa no lleva necesariamente a la otra. De hecho, bajo el argumento de la administración del presidente Gustavo Petro, el alza en el salario mínimo se podría traducir en mayor capacidad adquisitiva, algo que estimularía la economía en general y, en particular, sectores intensivos en mano de obra, como el comercio.
En este escenario, el alza en lo que ahora se denomina como “salario vital” tendría el potencial de empujar oferta, demanda y crecimiento en empleo; todo esto se debería traducir en un incremento en la actividad económica, para resumirlo en palabras simples.
De hecho, hace pocos días, César Giraldo, uno de los codirectores del Banco de la República, afirmó que “no es evidente que un incremento del salario mínimo aumente la inflación”. Y añadió: “El argumento de quienes afirman que el aumento del salario mínimo incrementa la inflación tiene una fragilidad: por un lado, se sostiene que el aumento de los salarios eleva los costos de producción y presiona los precios al alza; pero, por otro lado, se afirma que ese mismo aumento reduce la demanda de trabajo, lo que implica menores ingresos agregados y, por tanto, menor gasto que presiona los precios hacia abajo. Ambos mecanismos operan en direcciones opuestas, lo que muestra que no existe un efecto único ni automático”.
Pero hay un asunto notable en la baja de ánimo, si se quiere, de cara a la decisión del Banco de este viernes: “Nunca antes en la historia del país, y estoy hablando de todo el siglo XXI, habíamos tenido un ajuste tan grande en las expectativas de inflación”, afirmó Camilo Pérez, director de Investigaciones Económicas del Banco de Bogotá.
Para esta conclusión, Pérez se basa en las expectativas de inflación a un año y a dos años, de acuerdo con la Encuesta Mensual de Expectativas de Analistas Económicos que realiza mensualmente el Banco de la República. Entre noviembre y enero, las expectativas a un año cambiaron considerablemente: de 4,5 % a 5,9 %, 1,5 puntos porcentuales de aumento. En ese mismo periodo, las expectativas a dos años pasaron de 3,8 % a 4,6 %, un aumento de 0,8 puntos porcentuales.
El otro punto de comparación sobre un cambio abrupto de perspectivas económicas ocurrió con la pandemia de Covid-19, que introdujo la peor crisis social en tiempos recientes.
“Hablamos de un ajuste de expectativas de inflación muy significativo que, como consecuencia, lleva a que también los analistas y el mercado, en general todos los agentes, esperemos que el Banco de la República incremente las tasas de interés. Pocos meses atrás no era el escenario central, hoy en día todos estamos de acuerdo en que ese es el camino”.
¿Cómo se movería el Banco de la República este viernes?
“La proyección de ANIF es muy similar a la de otros grupos de investigación: estamos pensando en una tasa de interés al cierre del año de 11,50 %, en respuesta a una inflación que en el sector servicios sería más alta de lo anticipado”, dice José Ignacio López, cabeza de ese centro de pensamiento económico.
Y añade: “Las proyecciones cambiaron de manera importante. Hace algunos meses, teníamos proyecciones de reducción moderada de tasas de interés en 2026 y ahora pasamos a un escenario de aumento. Estos cambios tan drásticos no son frecuentes. Aquí el choque ha sido el incremento del salario mínimo”.
De acuerdo con el sondeo que realiza Fedesarrollo con analistas, el Banco subiría este viernes sus tasas en 50 puntos básicos, lo que las llevaría a 9,75 %.
Si se concreta un alza, sería la primera vez que la junta directiva del Emisor tome la ruta de subida desde abril de 2023, cuando se registró el último incremento de tasas justo después de alcanzar el pico inflacionario pospandemia, que llevó el indicador a 13,34 %.
De acuerdo con Clavijo, el Banco subirá sus tasas en 50 puntos básicos para “enviar al mercado un mensaje contundente y para anclar las expectativas de inflación, que se han descarrilando en el último año y que reciben un golpe adicional por el salario mínimo que no se esperaba el mercado ni miembros del Banco”.
El análisis que se hace desde este centro es que cuatro de los siete miembros de la junta, los del ala más ortodoxa, encontrarán un consenso alrededor de los 50 puntos básicos, aunque es posible que algunos de ellos inicialmente apuesten por un alza de 75 puntos básicos.
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