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La lección de Colvin y Shaye

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Marie Colvin y Abdulelah Shaye representan el tipo de periodismo que incomoda a los poderosos.

Conocí a Marie Colvin en Escocia. Antes de tomar asiento en el panel para el cual estábamos anunciados, la vi fundirse en un fuerte abrazo con Izzeldin Abuelaish, el escritor palestino cuyas hijas fueron asesinadas en Gaza por un mortero israelí. Sobrecogido por el gesto de la corresponsal de guerra, Izzeldin rompió en llanto. Ambos conocían de cerca la trágica realidad de la guerra.

Sin parar mientes en el riesgo que ello implicaba, Colvin partió esa misma madrugada hacia Libia con el fin de reportar la entrada de los rebeldes en Trípoli. Hace unas semanas encontró la muerte en Siria, en medio del estallido de los morteros y el fuego de los rebeldes y del gobierno de Bashar al Asad.

El riesgo tampoco detuvo a Shaye. “En contraste con la mayoría de periodistas que cubren Al Qaeda, Shaye arriesgó su vida entrando a las zonas por ellos controladas y entrevistó a sus líderes”, escribió Jeremy Scahill la semana pasada en The Nation. En su artículo, Scahill da cuenta de la manera en que Shaye, un crítico del fundamentalismo religioso, cumplió sin embargo con su cometido de dar a conocer todos los lados de la historia de la guerra contra el terror.

Fue Shaye quien reveló que en el supuesto ataque del gobierno yemení contra Al Qaeda, en diciembre de 2009, habían muerto catorce mujeres y veintiún niños, y tras visitar el lugar estableció que los Estados Unidos habían llevado a cabo la operación y no el gobierno de Yemen, a pesar de lo dicho por el presidente Alí Saleh. Desde entonces, cuenta Scahill, Shaye ha sido secuestrado, torturado y puesto en prisión por un tribunal carente de las mínimas garantías legales.

Presionado por líderes tribales y defensores de derechos humanos, Saleh consintió en perdonar al periodista el 2 de febrero de 2011. Ese mismo día, Saleh recibió una llamada del presidente Obama en la cual éste expresó su preocupación por la liberación del periodista.

Alí Saleh ya no es presidente de Yemen, otra presunta victoria de la Primavera Árabe, pero Shaye aún languidece en prisión. En The Nation, Scahill pone en duda la opinión del gobierno estadounidense que acusa a Shaye de colaborar con Al Qaeda. Más bien, sugiere, el haber avergonzado a los gobiernos yemení y estadounidense con sus reportajes selló su suerte.

La muerte de Colvin y la detención de Shaye, o las 27 víctimas de los carros bomba que estallaron esta semana en Damasco y los miles de refugiados cruzando la frontera turca, no sólo revelan el tamaño de la catástrofe que allí tiene lugar, sino también la complejidad de las muchas fuerzas que intervienen en Siria, Yemen y en el resto del mundo árabe. La autodeterminación es un frágil principio que, como el buen periodismo, disgusta a los poderosos.

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