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Centro histórico sólo hay uno

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En nuestras ciudades hemos sido poco cuidadosos en la conservación del patrimonio arquitectónico y su integración con los espacios abiertos.

Con excepción de Cartagena, donde la defensa del patrimonio arquitectónico ha sido un propósito central para las administraciones públicas y motivo de orgullo nacional, en las demás ciudades de Colombia los centros históricos han sufrido transformaciones y deterioros que los han llevado casi a su desaparición. El ejemplo más crítico es Bogotá, cuyas evidencias materiales de haber sido centro administrativo y económico del país durante más de cuatrocientos años tienden a desaparecer. La Plaza de Bolívar, el barrio La Candelaria y fracciones de los barrios circundantes son los vestigios de una larga tradición capitalina. Para buena parte de los jóvenes bogotanos, el “centro histórico” son construcciones que tienen menos de un siglo o incluso menos de medio siglo. Me refiero a la plaza de toros, el hotel Tequendama, las Torres del Parque y otros edificios que en su mayoría son todos posteriores al 9 de abril de 1948, día en que se quemó una parte considerable de la ciudad y tras de lo cual fueron destruidos o abandonados a la ruina muchos edificios de interés histórico. Fuimos y somos unos bárbaros: tenemos que defender lo poco que nos queda. No será un centro histórico como los de Buenos Aires o Lima, pero es nuestro patrimonio y hay muchas casas y edificios que aún están en pie, que están en uso, y cuyas fachadas a pesar de estar abandonadas son fáciles de reconstruir. La Alcaldía Mayor debe generar incentivos, quizá reducción de impuestos, a quienes recuperen las fachadas. Hoy, la administración actúa sobre los espacios públicos y los propietarios arreglan el interior de sus viviendas y oficinas, pero las fachadas, que es lo que todos observamos, están abandonadas. Si las recuperamos, esto dignifica, embellece y valoriza la ciudad. Podría empezarse por el tramo peatonal de la carrera Séptima.

En Bogotá los espacios públicos abiertos han sido tratados como islas y su transformación no se ha articulado con su entorno. San Victorino y el Voto Nacional son dos casos donde se han hecho inversiones puntuales y nada se ha hecho por mejorar el vecindario. Ahora, en aras de la expansión de Transmilenio, se quiere trasformar el Parque de la Independencia, que ya había sido restaurado por Rogelio Salmona —quien recientemente había elaborado un bello proyecto para proteger lo existente y crear el Parque Bicentenario, pasando por debajo el Transmilenio, conservando el parque de la Independencia y embelleciendo su entorno—. Quieren desaparecer ese proyecto e imponer un Transmilenio que destruye el entorno.

Es hora de que asumamos una posición respetuosa por nuestra historia. En el Parque de la Independencia debemos supeditar las obras del Transmilenio a la conservación del paisaje natural —ya se han talado 143 árboles— y arquitectónico preexistentes, cuidando de no destruir lo que sostiene nuestra memoria urbana. Hoy, Habitantes del Territorio —un grupo organizado de ciudadanos— ha asumido la defensa del Parque de la Independencia: debemos considerar sus argumentos y buscar salidas armónicas entre el presente y el futuro de nuestra ciudad. Hay recursos asignados por el Distrito al Parque Bicentenario: hagamos una inversión que nos permita entender que sí es posible cuidar la memoria de la ciudad en armonía con propuestas de desarrollo.

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