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Lo que Shenouda se llevó

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Diez millones de coptos sienten profundamente la partida de su jefe, que les deja en un momento crucial, cuando tal vez necesitaban más de su liderazgo, su fuerza y su representación.

Mientras su sucesor, quien quiera que sea, llegue a adquirir el reconocimiento y la prestancia política suficientes para representar con la fuerza requerida a los cristianos de Egipto en esta época crucial, es posible que el proceso político del país evolucione de la manera menos conveniente para una minoría que debe sobrevivir en medio de una realidad cada vez más adversa ante el avance del radicalismo islámico.

Una trayectoria de cuarenta años en la condición de Papa de la Iglesia Copta, fundada según la tradición por el propio San Marcos, que llevó el cristianismo al norte de Africa, hizo del patriarca Shenouda Tercero, jefe número 117 después del Fundador, no solamente un líder espiritual de profunda raigambre en el pueblo copto sino una figura de significación política cuya voz debía ser tenida en cuenta como representante de una de las corrientes más auténticas de la nación egipcia, en cuanto su comunidad reside allí desde antes de la llegada de los árabes y cuya lengua fue el idioma del país hasta el Siglo XIII.

Una vez más, como ha sucedido en tantas partes, quienes en otra época fueron mayoría se ven obligados a llevar a la vez el peso de haber sido esenciales en la fundación de una sociedad y sobrevivir ahora como grupo minoritario, con derechos constitucionales claros pero una realidad muy distante de lo que en ellos se haya establecido, porque la fuerza de los procesos políticos y sociales es tal que se convierte en un estado de cosas del que no es fácil sustraerse y que no es fácil modificar.

Enfrentado al comienzo de la década de los ochenta al poderoso Anwar el Sadat, a quien tuvo el valor de criticar por no ser capaz de atajar los abusos del radicalismo islámico, Shenouda fue condenado al exilio interno en un monasterio en la mitad del desierto, del que pudo regresar con la benevolencia de Josni Mubarak, quien se convirtió en garante del freno ante los avances del radicalismo islámico, mientras duró su largo gobierno.

Al impulso de la «primavera árabe», que no ha dado todavía paso a la siguiente estación, se produjo una de esas agitaciones que se dan en la sociedad egipcia de cuando en vez y que revuelven una cantidad de sentimientos dentro de los cuales no puede quedar exento jamás el de las afiliaciones religiosas. Lo que en este caso presentó de nuevo preocupantes hechos que pusieron a prueba la tolerancia entre cristianos y musulmanes, siempre por causa de los radicales y en busca de la convivencia que en medio de todo ha sido tradicional.

Es en estos momentos, cuando el proceso de cambio en Egipto avanza, como de costumbre a paso lento, cuando la comunidad cristiana requiere de un liderazgo sólido, experimentado y visionario, con reconocimiento en todos los sectores, que sea capaz de corregir el rumbo de las apreciaciones de propios y extraños y evitar los abusos de grupos radicales de cualquier procedencia que todo lo que hacen es contradecir los principios esenciales de dos grandes religiones que han demostrado poder convivir.

Sentado en su trono solemne, con la corona puesta y la cabeza ligeramente ladeada hacia su derecha, el espectáculo del cadáver del Santo Padre de los cristianos de Egipto le ha puesto al momento un dramatismo tal que el gobierno y los actores de la vida nacional han manifestado seguramente con sinceridad su conmoción. Falta ver si su prestancia después de muerto alcanza para que las definiciones reales de la supervivencia de los cristianos del país, y sobre todo la reacción de los musulmanes radicales a estas horas y en la perspectiva de su avance en el espectro político, se sucedan en los términos que él hubiera querido.

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