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“La gente ya no manda correos, la gente postea en redes lo que le pasa en la calle”. Con esta frase publicada el domingo pasado, la alcaldesa Claudia López describe la forma como comienza a desmadejar la indescifrable ciudad que le tocó gobernar: Bogotá. Por ahora, las cifras le dan la razón en materia de coincidencias entre lo que ella propone en estos dos primeros meses de mandato y lo que esperan los habitantes de nuestra rebelde capital colombiana.
Los liderazgos políticos se labran con sudor, oportunidad y suerte. En cada generación, aparece en la democracia un político que logra visualizar los vericuetos aspiracionales de los ciudadanos de turno. Hay líderes transformadores de la talla de Mijail Gorbachev o totalitarios como Joseph Stalin que tuvieron, para bien o para mal, en sus manos los destinos de sus respectivos países. En Colombia no escapamos a los extremos: nos gobernaron desde Alberto Lleras Camargo hasta Laureano Gómez. ¡Ustedes juzguen!
Para que los ejemplos anteriores tuvieran éxito (o fracaso) los dirigentes necesariamente tenían que observar los cambios sociales, políticos y económicos de sus naciones o ciudades. Una mirada real les permitía evaluar si sus aspiraciones tenían receptividad, al menos, para intentar ganar el cargo pretendido. Forzar una idea en política conlleva a desilusiones históricas: Winston Churchill le ganó a Hitler, pero a pesar de esa victoria perdió las elecciones de la posguerra frente al laborista Clement Atllee en 1945, o el propio “Gorby” cuando presentó su nombre a elecciones en una Rusia democrática, luego del cambio que él propició, y la paliza electoral que le dieron fue monumental. No hicieron la lectura correcta en sus intenciones. Sus pueblos habían cambiado.
Colombia asiste desde la Constituyente de 1991 a una evolución que tuvo como efectos una cadena de eventos que permitieron la llegada de fenómenos como el de Claudia López. Los derechos establecidos en la nueva constitución permitieron avances vitales para la consolidación de fenómenos impensables en la época del llamado Frente Nacional. La llegada del M-19, luego de dejar las armas, a una posición en la presidencia de la propia Asamblea Nacional Constitucional enviaba un mensaje de apertura política y de ideas con incidencia 30 años después.
Transformaciones laborales, educativas, sexuales, políticas, mediáticas, comerciales, ecológicas, alimenticias, seguridad, longevidad, alfabetismo, migraciones, entre otras, son realidades que la generación que representa Claudia López viene observando. No en vano este 11 de marzo se cumplen tres decenios de la séptima papeleta; origen público y político de la alcaldesa. Ella viene experimentando como testigo y protagonista esa marcha de Colombia con sus propias críticas y soluciones. La voz de Claudia López tiene fundamento en ese permanente ensayo y error que la llevan hoy a crecer en las encuestas de medición de popularidad. Lo de ella no es improvisado, viene hace años analizando el país. Incluso, cuando dos semanas antes de la elección vio la necesidad de ajustar su discurso para evitar su derrota frente al también independiente Carlos Fernando Galán o el oportuno “jalón de orejas” a un estudiante por no ayudar a establecer el orden en una universidad.
La alcaldesa ha dicho que lo que tiene que hacer es “leer lo que la gente le está diciendo”. Lo que ratifica que mientras César Gaviria trata de sostener lo insostenible, Álvaro Uribe exhibe un discurso trasnochado, Gustavo Petro pelea con sus propias sombras, Germán Vargas Lleras intenta quemar su último cartucho y Juan Manuel Santos hace gala de su premio Nobel de Paz, Claudia López presenta un Plan de Desarrollo para Bogotá inspirado en las historias de 7.000 niños. Claudia López siempre ha sido la lectora de su propio futuro.