Ganado y perdido

Daniel Pacheco
03 de marzo de 2020 – 12:00 a. m.

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La Macarena, en el Meta, estuvo hace poco incendiada. La destrucción del incendio ocurrió cerca a Caño Cristales, el río de siete colores por el que los colombianos nos hemos podido conectar un poco a la olvidada Amazonia de nuestro país. Los incendios y la deforestación están estrechamente ligados. La selva se derriba durante el año y en verano, por estos días, se le prende fuego para adecuar potreros y cultivos. En 2018 La Macarena fue el segundo municipio más deforestado de Colombia. Perdió 18.680 hectáreas de bosque, el 9 % de la deforestación total del país, y frente al 2017 registró un aumento del 26 %.

Entre 2016 y 2018, según las cifras del hato ganadero de cada municipio, el número de vacas en el municipio de La Macarena pasó de 44.871 a 148.249, un incremento del 230 % (Colombia tiene un sistema increíble de monitoreo de ganado, incluso en los lugares más apartados las vacas son censadas y vacunadas). En ese mismo período, entre 2016 y 2018, el área de cultivos de coca en La Macarena pasó de 1.635 a 560 hectáreas, un descenso del 66 %. El ganado aumentó 230 % y la coca bajó 66 %.

La deforestación, como la corrupción, el cuidado de los niños y la protección de la vejez, es de esos temas en los que todo el mundo está inicialmente de acuerdo. Hoy en Colombia se volvió políticamente incorrecto decir —como dicen aún en voz baja muchos políticos en departamentos amazónicos— que la selva es un obstáculo para el progreso. Hoy somos casi unánimemente abraza-árboles en Colombia. Y eso está bien, es un avance grande, al menos si nos comparamos con Brasil.

Pero si el país quiere realmente detener la destrucción constante y sostenida de sus bosques, especialmente de los bosques de la Amazonia, los más biodiversos del mundo, debe darse una discusión más sincera sobre las causas de esta destrucción. Que la coca esté estancada o bajando y el ganado esté disparado en La Macarena (sucede lo mismo en El Retorno, Calamar, San José del Guaviare, San Vicente del Caguán y Cartagena del Chairá) es una correlación que merece, primero, ser mencionada, y segundo, una acción estatal especial. Ninguna de estas cosas parece estar sucediendo ahora mismo en el Gobierno. La respuesta política sobre la deforestación, como la de la vicepresidenta Ramírez y el ministro Trujillo, sigue fijada en el viejo discurso uribista-ambientalista de los cultivos de coca y los grupos armados.

Desde el gobierno del presidente Duque hay sin duda una preocupación por la deforestación de alto nivel, empezando por el presidente. Hay acciones interesantes, como la vinculación de los bosques a la seguridad nacional y los activos estratégicos de la Nación, que se hizo por primera vez en la estrategia de seguridad que esbozó el alto consejero Rafael Guarín. Un desarrollo que se ha puesto en práctica a través de la estrategia militar Artemisa para defender los parques nacionales de las nuevas ocupaciones de colonos y acaparadores de tierra.

Alrededor de la ganadería extensiva en la Amazonia, en cambio, no se ha hecho nada. A diferencia de la coca, el ganado es legal. Existen muchas maneras, como ya han empezado a hacer los jueces, de restringir el mercado de vacas en zonas de deforestación. Sobre todo cuando hay evidencia de que en el posconflicto estas tierras están siendo ocupadas por grandes acaparadores de tierra que a través del ganado han creado esquemas extractivistas con rentabilidad enorme, a costa de la destrucción de la selva.

Con el ganado es mucho más lo perdido en la Amazonia. Este bosque, que ocupa más de la mitad de nuestro territorio, es el activo estratégico más valioso que tiene el país de cara al futuro cierto de crisis climática hacia el que avanza el mundo, así por ahora no hayamos aprendido a aprovecharlo, incluso capitalizarlo. Como vamos, y mientras aprendemos, podría no quedar mucho.

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