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En sendas columnas, A. Gaviria y S. Hernández muestran la discriminación negativa contra los habitantes más pobres de las ciudades y con la comunidad científica de éstas.
El reparto de regalías tiene en cuenta los porcentajes de pobreza, pero no el número absoluto de pobres. El porcentaje de necesidades básicas insatisfechas es menor en las principales urbes, pero el número de pobres e indigentes supera en mucho a quienes lo son en las pequeñas localidades. La buena intención de descentralizar el desarrollo científico no justifica que a Bogotá D.C. se le asignen, por concepto de regalías, $19.000 millones para investigación y, por ejemplo, a Sucre $34.000 millones, lo que equivale a 20 veces más por habitante y, con seguridad, 200 veces más por investigador. Es entendible una “acción positiva”, pero de esta magnitud es inequitativa. El reparto del 90% de las regalías no destinado a la investigación mantiene similares características.
La urbanización es una de las formas de mejorar el nivel de vida: al abaratar el costo de provisión de servicios se amplía su cobertura. El crecimiento de las ciudades europeas en el Renacimiento liberó a muchos campesinos del yugo feudal. A nivel mundial, el proceso de urbanización continúa creciendo. En 1950, el 29,1% de la población vivía en ciudades; en el 2000, el 47,1%, y en el 2010 la población urbana supera a la rural al alcanzar el 51,3%. En Colombia, tres de cada cuatro ciudadanos son urbanos.
La ciudad potencializa la creatividad. Jonah Lehner propone, para aumentar el ingenio, “Múdese a la metrópolis”, un estudio del Instituto Santa Fe que concluye que mudarse de una ciudad pequeña a una al menos el doble de grande lleva a los inventores a producir, en promedio, 15% más patentes. Gaviria cita un análisis de la U. de los Andes que muestra que los niños pobres de la zona urbana tienen, desde los 5 años, un desarrollo verbal mucho mayor que casi todos los pobres y no pobres de las zonas rurales.
La mala imagen de la ciudad tiene raíces que se remontan a los mitos bíblicos. El origen de la ciudad se atribuye allí al primer asesino, Caín, quien funda la primera. Como el Señor lo había condenado a andar errante, no debió habitarla. El castigo de azufre y fuego sobre Sodoma y Gomorra es causado porque sus habitantes tenían diferentes opciones sexuales, pero no se narra un castigo para los habitantes rurales. Como humorísticamente afirma Woody Allen en Todo lo que usted quería saber sobre el sexo y no se atrevió a preguntar o, más poéticamente, Saramago en El evangelio según Jesucristo, los pastores además de apacentar sus ovejas las querían también como compañeras, no de cama, sino de potrero.
En el Nuevo Testamento también están las amenazas a las ciudades, pero no a las zonas rurales. Se le anuncia a Conazaín, a Tiro, a Sidón, a Betsaida, que el día del juicio será más llevadero para Sodoma que para esas urbes.
Hay ruptura con esta tradición. Antonio Copello, en un ensayo sobre el cardenal Martini, cita el elogio de éste a la urbe: “La ciudad es un patrimonio de la humanidad. Ella ha ido creciendo y subsiste para trasmitir la plenitud de la humanidad… La ciudad es, por consiguiente un lugar de identidad que se reconstruye continuamente a partir de lo nuevo y lo diverso, y su naturaleza encarna la coordinación de las tensiones que enriquecen y alivian la vida del hombre”.