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Tras una semana de paro armado, el presidente Santos trazó una agenda clásica de construcción de Estado-Nación para el Chocó, prometiendo monopolio de la fuerza, infraestructura y educación.
Entre tanto, noticieros, prensa y radio centraron su atención en el departamento y, como es costumbre, surgieron descripciones ricas en metáforas apocalípticas sobre el Chocó como espacio homogéneo de corrupción, minería y humedad. Tres son las trampas descriptivas en las que caemos, y que aunque parecen inofensivas, perpetúan lugares comunes y no contribuyen a solucionar los problemas que denuncian.
La primera es repetir que se trata de un territorio “aislado” del resto del país —o su variante: un espacio desligado de “El Centro”—. Al convertir a Chocó en una isla desconectada, pierde sentido preguntar quién entra y sale, qué caminos siguen las “riquezas”, qué ruta toma el platino hasta antes de convertirse en un anillo de compromiso, qué trayectos recorren la palma y la coca, quiénes se benefician, o cuál es la relación del departamento con Antioquia o el Valle.
La segunda es calificar al departamento de “inmóvil” e insinuar que sus habitantes se encuentran “en la misma situación de hace medio siglo”. Seguro que ha habido continuidades, “condiciones estructurales” si se quiere, pero la población ha cambiado y son distintos los actores armados, las actividades económicas y las tecnologías de explotación minera. Al hablar de una comunidad “congelada” en el pasado se les desconoce cualquier iniciativa a los chocoanos.
La tercera es definir al Chocó como depósito de “tesoros renovables de la naturaleza” e insistir en el “tan ricos pero tan pobres”. Ya está bueno de repetir que los recursos son inagotables y naturales. Ni el oro es infinito, ni es “natural” la forma como se extrae. La palma de aceite no vino sola. Y sobre todo, los niños negros del Chocó no son, como señaló un titular hace poco, una “reserva natural de futbolistas”.