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El año pasado tuve el privile-gio de conocer San Vicente del Caguán.
Además de la belleza del entorno —la cordillera que termina casi al pie de la carretera que de Florencia conduce a San Vicente y la llanura que se abre infinita del otro costado de la vía para crear un contraste extraordinario—, lo que más me impactó fue la vitalidad con la que se afronta el diario vivir.
Desde 1999 los sanvicentunos llevan la marca de la ignominia grabada en la frente. La célebre “zona de distensión” se fundió indeleblemente en el imaginario colectivo, que la asoció con la percepción que de San Vicente del Caguán y sus alrededores se tiene en buena parte de Colombia. Los sanvicentunos y, en general, los caqueteños son conscientes de este estigma que los señala cual si fuese la marca de Caín.
Para los sanvicentunos, el peso de lo ocurrido hace ya más de diez años es un lastre adicional que han de recordar todos los días de su existencia. Luis Carlos Rincón, Leober Escobar y Duber Gaviria han decidido desafiar la estigmatización de una manera diferente para intentar cambiar, en lo posible, la mala imagen de la zona. Los tres, gracias al apoyo del Vicariato y a algunos colaboradores ocasionales, han resuelto, a través de la radio comunitaria Ecos del Caguán (www.ecosdelcaguan.com), usar el poder de la radio para hacer un programa cultural y de humor que difunda el devenir cotidiano del municipio de manera optimista.
El programa Nuestra Cultura era —pues se halla suspenso— un espacio de una hora y media, a partir de las 8 de la mañana, los sábados y domingos, que no sólo se transmitía en vivo para el municipio, sino también para el mundo entero a través de internet. Usando la parodia, el programa es hoy en día no sólo reconocido por los sanvicentunos como un espacio de entretenimiento, sino también como uno que muestra otra faz de San Vicente, resaltando los desarrollos culturales de la región y a sus gestores.
La burla y el chascarrillo hacen que el programa sea espontáneo y ayudan a presentar las eventualidades de una manera más digerible. Pero el programa también cumple otra función vital. A través de la interacción con los oyentes en internet, Nuestra Cultura ha reunido a las familias desgarradas por el desplazamiento: ha reunido a San Vicente con sus hijos en el exilio. Conmovedoras son las llamadas de los sanvicentunos en la diáspora, quienes se pueden informar acerca de las noticias del pueblo, hablar con familiares y amigos y sentirse algo más cerca de casa.
El estigma no se borra. Ya no se puede borrar. Pero Nuestra Cultura ha ayudado a que día a día la alforza se haga más difusa y sus contornos menos definidos. Quizás en un tiempo no muy lejano, gracias a los esfuerzos de estos tres héroes caqueteños, la cicatriz palidezca y se reduzca tanto que eventualmente se olvide como tantas otras.
Estas líneas las escribo desde la comodidad de mi casa en Bogotá, pensando no sin tristeza en los amigos que dejé. Extraño las dulces piñas caqueteñas, la extraordinaria variedad de jugos de frutas, los quesos locales y un tipo de chorizo ahumado único de la región que, gracias a la generosidad de mi amiga Edel, pude probar. Espero volver pronto a San Vicente del Caguán para conocer todas aquellas maravillas de que me hablaron durante mi estadía y sobre todo aquellas sobre las que escuchaba los fines de semana en las mañanas.