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Tipos de hombres

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A causa de la ignorancia que tenemos sobre las cosas, casi siempre es forzoso, en todos los campos del conocimiento, introducir ciertos principios metafísicos o supuestos sobre el funcionamiento de la sociedad o sobre la naturaleza humana.

Las metáforas son una expresión más mundana de esos instrumentos simplificadores que, sin ser verdades, ayudan a esclarecer o explicar argumentos, a clasificar hechos o personas, a ordenar el pensamiento. En el campo de la ciencia política, y en su célebre ensayo sobre Tolstói, Isaiah Berlin creó la metáfora del erizo y el zorro y argumentó que los erizos son aquellas personas que tienen una sola visión con la cual actúan, explican y dan sentido a la sociedad y al mundo. Por el contrario, los zorros son los que aman la diversidad, cambian de opinión, no tienen problema en explicar unos hechos con ciertas hipótesis y teorías, y otras con cosmovisiones diferentes. En su ensayo sobre Mirabeau, Ortega introdujo otra clasificación que ha resultado extremadamente útil: los hombres de acción y los intelectuales. Los primeros están siempre obsesionados por obtener resultados sin importarles los medios o su justificación y, cuando terminan una cosa, están ya pensando en hacer otra. Los intelectuales, por el contrario, piensan, discuten, sopesan alternativas, son inseguros y evitan tomar decisiones. Los primeros están siempre ocupados y los segundos viven preocupados. La tercera clasificación la presentó Friedrich Hayek en su ensayo Dos tipos de mente, cuando definió, por un lado, a los eruditos, a los expertos dueños de un sujeto de estudio, y, por otro, a los tanteadores o enmarañadores, quienes están siempre cuestionando las teorías, viendo sus puntos débiles o inconsistencias. Finalmente, está la antiquísima clasificación de la literatura del sánscrito sobre ética y jurisprudencia, que Amartya Sen presenta en su libro La idea de justicia. Por un lado, están los que conciben a la justicia como niti, que son los que miran si la institucionalidad y las reglas son las apropiadas y, por el contrario, los que ven si se están produciendo los resultados en la práctica, lo que se denomina nyaya. La primera visión tiene como objetivo central lo perfectamente justo, en tanto la segunda resalta la importancia de evitar lo manifiestamente injusto. Los primeros creen que la perfección del mundo es posible, mientras los segundos piensan que nos debemos contentar con corregir las injusticias y desigualdades más aberrantes.

Con estas metáforas y categorías es posible clasificar a nuestros políticos, artistas e intelectuales. Los erizos, los hombres de acción, los eruditos y los seguidores del niti, tienden a ser seguros de sí mismos, conservadores, amigos del orden y la tradición, pero, llevados al extremo, son los fundamentalistas, los autócratas y los tiranos. Por su parte, los zorros, los intelectuales, los tanteadores de hipótesis y los que creen en el nyaya tienden a ser más liberales, escépticos, tolerantes, pero llevados a su extremo pueden terminar en el nihilismo, en la anarquía y la desintegración. Pero, siguiendo una idea de Ortega, las más grandes personalidades que han existido son aquellos pocos seres humanos que han logrado estar, al mismo tiempo, en los dos lados de estas ecuaciones. Así, amigos lectores, los invito a pensar dónde situarían a Bolívar, Santander, Núñez, los dos López, los Lleras, Laureano Gómez, Uribe, Santos o a García Márquez, Mutis, Vallejo, Héctor Abad o William Ospina. Yo lo haré en su debido momento.

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