Luna llena

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Dice la leyenda que en las noches de luna llena el hombre se convertía en lobo; o en otro animal, como cuando Les Luthiers mencionan “la terrible leyenda del perro de un convento de carmelitas, que en las noches de luna llena se convertía… en hombre”. Y es que luego de la entrevista de Didier Luna a El Espectador el domingo 15 de febrero, tanto la leyenda tradicional como Les Luthiers parecen tener razón. Luna llena el espacio de la entrevista con una sarta de extrañas y confusas contradicciones donde el único, según él, que parece tener clara su manera de actuar es Dios.

La entrevista no deja muy buena impresión por varias razones. Primero, Luna afirma que la señora denunciante y la fiscal fueron las que decidieron proponer el cambio de delito. Como lo muestra la nota explicativa al final de la entrevista, esto es mentira: “En el proceso, sin embargo, consta que la iniciativa nace en su apoderado y que prosperó porque la Fiscalía y la víctima la aceptaron”.  

El burdo intento de generar dudas sobre quién está detrás de esta iniciativa hace ver a Luna como alguien manipulador y sátrapa (RAE: “Persona que gobierna despótica y arbitrariamente y que hace ostentación de su poder”). Este último adjetivo es una constante durante toda la entrevista a través de sentencias relacionadas con sus años de experiencia y en particular con su manera disciplinada y exigente para dirigir un seleccionado que representa al país. Así, Luna se esconde detrás del estrés, de las exigentes jornadas de trabajo y de su responsabilidad frente a la sociedad colombiana para “reconocer” que es un ser humano que, como cualquier otro, comete “errores”.

El problema es que, y esta es la segunda razón, pese a todos los errores que dice haber cometido, Luna niega varias veces cualquier responsabilidad en este caso: “No. No me sobrepasé”; “Si existieran las pruebas, no estaría en donde estoy en este momento”; “Nunca cometí esos actos relacionados en la denuncia”. Y es así como el lobo de Luna llena juega la trillada y poco creíble carta según la cual si nadie lo vio, habiendo tantos testigos por ahí, eso significa que no sucedió y que la víctima se lo inventó o lo malinterpretó. Por fortuna, hace bien Cecilia Orozco en preguntarle qué ganaría la denunciante con toda esta historia de no ser verdad. Y Luna, una vez más, con ese tufillo de los que tiran la piedra y esconden la mano, afirma de manera olímpica: “yo he sido quien ha salido perjudicado 100 % en todos los aspectos”.

Esta última sentencia nos lleva a la tercera razón que explica la terrible sensación que deja la entrevista: Luna intenta por todos los medios hacerse ver como la pobre víctima de una conspiración en contra de los hombres.

Es entendible que una acusación de esta envergadura afecte la salud y la vida profesional de la persona acusada; sin embargo, de ahí a definirse como víctima del proceso hay una gran diferencia. Luna despliega argumentos pesarosos para que el lector intente congraciarse con él y, de rebote, termine olvidando a la verdadera víctima: que la mamá enferma, que sus hijas, que ojalá Dios le permita rehacer su vida. Lo que Luna no se ha dado cuenta es que los tiempos han cambiado y ahora ni siquiera los curas parecen santos.

Unos lectores aguzados deben tener la precaución de leer esta entrevista entre líneas para así respetar a todas las víctimas de acoso sexual y en especial a la persona que denunció a Didier Luna. Unos lectores aguzados deben estar alerta para darse cuenta de lo incongruente que es pedir perdón por un hecho donde se niega la responsabilidad. Unos lectores aguzados deben estar listos para poner contra la pared toda esa cultura machista que tanto daño nos ha hecho y nos sigue haciendo. Da escalofrío leer la frase de Luna según la cual “Las mujeres se han ganado el derecho a tener los trabajos que deseen”. Me quedo con la intriga de saber cómo este señor define en este contexto el verbo “ganar”.

@jfcarrillog

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