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El patio aquel, cemento, cal y granito, le olía a pólvora, a una pólvora pasada por los años que imaginó guardada en un cuartucho cerrado y sellado con dos candados. Había nacido allí, por decirlo de alguna manera. Allí, en una habitación cercana al patio.
Dos camas, un guardarropa, un baño, una alfombra raída, él y su madre y el tiempo que parecía no haber transcurrido jamás. Nunca vivió en otro lugar, nunca durmió en una cama distinta de aquella y todas las noches de su vida oyó y respiró el mismo aire que su madre aspiraba y expiraba, aspiraba y expiraba. Lento, acompasado, denso. Infinito.
Una vez logró arrastrarse en la madrugada y salir al patio para tratar de constatar si era cierto que los demonios en aquel colegio de monjas salían a divertirse antes del amanecer. Escuchó carros que a lo lejos se perdían por las calles bogotanas. Suspiros. Puertas que se abrían o cerraban. Pasos. Silbidos. Escuchó el silencio de la noche y la noche, e incluso, la voz de alguna de las decenas de vírgenes que miraban sin mirar el patio. Se metió en una habitación, un aula, la 5c. Dio dos, tres, cinco pasos muy lentos. Tanteaba la oscuridad. Se tropezó con un pupitre que alcanzó a agarrar antes de que se reventara contra las baldosas, pero el principio de estruendo y el eco del primer golpe no los pudo acallar. Fueron ruido. Estallaron, se persiguieron, dieron contra las paredes, se metieron entre los pliegues de un Cristo y retornaron a él, que se había sentado en el piso. La puerta se abrió. Él nunca supo si alguien pasó por ahí y la empujó o si fue obra del viento. Luego vio una luz. Tenue. Itinerante.
Pasó un gato, el gato del colegio. Y detrás de él, otros siete o diez gatos ansiosos y sigilosos que parecían presentir una guerra. Esos eran los demonios de la noche, los demonios de las monjas, pensó él desde sus últimos años de niñez. Se santiguó, por si acaso, y temblando, salió al pasillo para seguir la senda de los animales, que al sentirlo aceleraron y entraron por una ventana al cuartucho de los candados. Él se asomó. Vio sombras que se movían en torno a un bulto. Oyó chasquidos. Carne destazada. Ya no le olía a pólvora.