Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Se fue la fiscal. En el acto de despedida se la vio emocionada, casi feliz.
En su discurso, una pieza poco elocuente, por cierto, le echó vainazos a la prensa y defendió su gestión en medio de globos y aplausos y al lado del pastor Carlos Alonso Lucio, que se mantuvo demasiado serio, con cara de esposo contrariado, indignado por el entuerto, llamémoslo así, de que era víctima su señora. Él también fue ovacionado por los técnicos que mañana fatigarán rumas de infolios tratando de encontrar un nombre honorable entre su numerosa clientela.
Las señoras, sobra decirlo, están casi tan indignadas como el cónyuge. A Gabriela Castellanos, demos por caso, le molestó mucho la portada de Semana. Es una foto en contrapicado donde Viviane se ve más alta, tiene la frente en alto y contiene las lágrimas con un puchero valiente. Al lado, el rabioso cónyuge. Abajo, un título generoso: “Triunfó el amor”. Habían podido poner: “La sacaron a escobazos”, pero optaron por una línea elegante y la pusieron como una reina que abdica por amor. Lo cierto es que Gabriela se enchichó porque, considera, la foto y el artículo ponen el foco sobre la vida privada de la fiscal en vez de analizar “su actuación en el cargo”.
Yo creo que esa portada fue un acierto. En un caso tan polémico, tan lleno de matices, no podían titular “Linchada la valiente fiscal”, ni “Sabio fallo del Consejo de Estado”. Quizá por eso eligieron el aspecto humano y dijeron la verdad. Al menos una verdad: Viviane Morales optó por su marido.
Que ella estaba haciendo una gestión histórica y valiente, es algo indiscutible. Lo que muchos temían era que no pudiera seguir haciéndolo bien, y que en adelante todas sus decisiones, incluso las más verticales, fueran distorsionadas por el “efecto Lucio”. Un ejemplo: la captura de un exfiscal amigo de Lucio ordenada por Morales, fue interpretada por los abogados del exfiscal como una estratagema de ella para acallar las críticas de los columnistas. Otro ejemplo: Luis Carlos Restrepo alega ser un perseguido político por haber criticado ciertas actuaciones de Lucio.
Pero la pretensión de reducirlo todo a un problema de género es ingenua. La vida privada de los funcionarios ha sido siempre un asunto de interés general. En la historia reciente, ¿cuántas decenas de líderes masculinos del mundo se han caído por cuestiones relacionadas con su vida privada?
Los temores acerca de que el nuevo fiscal llegue a tapar los crímenes del uribismo son infundados. Primero, porque no hay tierra en el mundo para tapar tanta inmundicia. Y segundo, porque Santos no ternará nunca a un candidato cercano a Uribe. No puede hacerlo por respeto a la Justicia y por elemental instinto de conservación. Sería un suicidio hacerlo. Y una irresponsabilidad: si el psiquiatra del uribismo está de atar, ¡cómo estará el patrón!
Para el país era conveniente que Morales hubiera seguido al frente de la Fiscalía pero, ya que estamos ante hechos cumplidos, reconforta pensar que el nuevo fiscal no tendrá que cargar con semejante lastre. Ya es gravísimo tener un católico fundamentalista en la Procuraduría, un monseñor convencido de que trabaja en una teocracia y cuyo odio a los homosexuales sugiere que en su pasado hay un despecho peludo, una pasión contrariada, un amor inconfesable. Por esto mismo hay que agradecer que no tengamos ahora una fiscal enamorada de semejante pastor.
La historia seguramente recordará la paradoja de una señora investida de una altísima dignidad y que fue descabezada por la nimiedad de unos votos cuando había cometido un pecado mucho mayor: contraer (el verbo es diciente) matrimonio por segunda vez con sujeto que exhibía un abultado prontuario.