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A Flaubert le hubiera gustado escribir una novela sobre nada, o por lo menos eso dijo en una carta memorable, y hoy me acuerdo de esas palabras con una comprensión nueva y distinta.
Sí, a veces me gustaría poder escribir una columna sobre nada, una de esas columnas etéreas y vagabundas y sinuosas que no son un argumento, sino una distracción; que no son una militancia ni un proselitismo ni una certeza, sino una exploración insegura, una pregunta sin signos de interrogación, un tanteo de ciegos en negro sobre blanco. Me gustaría, por ejemplo, contarles que he estado pensando en La verdadera historia de la banda de Kelly, la novela de Peter Carey sobre un bandolero australiano del siglo XIX; contarles que leí la novela hace ya unos cuantos años, digamos cuatro o cinco, y que me sigue pareciendo la más lograda de cuantas ha escrito su autor; y contarles que la historia del bandolero Ned Kelly tiene la culpa sin duda de que mi primera preocupación, tan pronto como puse un pie en la ciudad de Melbourne, fuera visitar la cárcel legendaria en que pasó sus últimos días, la cárcel en que lo recluyeron mientras se llevaba a cabo el juicio que lo condenó a muerte en 1880, la cárcel en que lo ahorcaron en un cadalso que hoy visitan colegios enteros de niños risueños, señoras jubiladas y curiosas y turistas colombianos acompañados de turistas españoles. Me gustaría hablarles de eso.
Hablarles, también, de aquella cárcel decimonónica, sus celdas estrechas y frías y capaces de ponerle los pelos de punta a cualquiera que tenga un poco de imaginación. No recuerdo cuántos asesinos o ladrones fueron ahorcados en ese cadalso, pero Ned Kelly, el ahorcado más célebre, no fue el primero ni el último. Fueron muchos los que colgaron hasta morir, y también de eso me gustaría hablar: de la constancia con que se aplicó la pena de muerte en aquella Australia no tan remota, esa Australia sobre la cual pesa el cliché de ser un país de convictos (y que tiene a Ned Kelly, un bandolero ahorcado, como uno de sus héroes). Me gustaría hablar, por ejemplo, de un libro titulado Manual de ahorcamientos, escrito en 1928 por un tal Charles Duff. “El ahorcamiento es una de las bellas artes y no un oficio mecánico”, escribió el señor Duff. “¿No es un artista el hombre capaz de despachar a otro de manera indolora y sin brutalidad?”. Al parecer, hablaba en serio: Duff fue el primero en establecer una relación matemática entre el peso del condenado y la extensión de la cuerda, y en descubrir que, si se usaba la extensión correcta para cada peso, el cuello se rompía al caer el condenado, de manera que la muerte era instantánea. El generoso señor Duff se preocupó por trazar una tabla —y ahí está la tabla, uno la puede ver— en que se informa al usuario de la longitud ideal para cada peso: a más peso, menos larga la cuerda (las razones físicas son evidentes, aunque imaginarlas no sea fácil ni agradable). El arte estaba en ahorcar con precisión y ciencia y sin que quedaran marcas en el cuello. Pero esta ciencia y precisión le llegaron tarde a Ned Kelly, en cuyo cuello, seguramente, quedaron marcas en la mañana de ese 11 de noviembre.
Sí, de estas cosas me gustaría hablar en una columna. Pero sería una columna sobre nada. O sobre algo que no alcanzo a precisar, lo cual sin duda es lo mismo.