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“Todos somos iguales, pero algunos somos más iguales que otros”. Escuché esa frase de pequeña y me quedó grabada en la memoria para siempre. La recuerdo bien, porque al oírla sentí por primera vez la indignación que me produce hasta hoy la desigualdad social y la burla que, a veces, hacen de ella los que no la viven en carne propia. La dijo algún adulto que pretendía ser gracioso y no calculó que esa frase cruel sería el principio del fin de la inocencia de una niña que creía en la sabiduría y la justicia de los mayores.
Esta semana volví a escucharla y sentí la misma rabia. Esta vez fue en boca del viceministro de Salud japonés, Gaku Hashimoto, cuando un periodista le preguntó por qué 2.666 pasajeros del crucero Diamond Princess fueron puestos en cuarentena y los 1.045 miembros de la tripulación no. “Intentamos tratar a todas las personas igual”, así contestó el funcionario a la que, como decimos en Colombia, sería la “la pregunta del millón”. Y concluyó: “Sabemos que la tripulación no tiene cuartos privados como los pasajeros y que tienen que trabajar y servir a los demás, así que la verdad es que no todos son tratados igual”.
Entre los “menos iguales” está el primer colombiano en ser portador del coronavirus. Si bien de él se sabe poco, sus compañeros llevaban denunciando en sus redes sociales el peligro al que estaban expuestos desde el primer día en que se puso en cuarentena a la mayoría de la embarcación. Mientras los pasajeros de países ricos como Japón, Reino Unido, Estados Unidos y Australia recibieron conexión a internet gratis, más películas y videojuegos para no aburrirse en sus camarotes, los empleados, en su mayoría de países pobres como Filipinas, Tailandia e India, apenas obtuvieron tapabocas y guantes.
Lo grave no es solo que la tripulación nunca haya dejado de trabajar —mientras aumentaba el número de contagiados en el crucero anclado en el puerto Yokohama, el segundo foco de infección del coronavirus fuera de China, con más de 620 casos de virus y dos víctimas mortales—, sino las precarias condiciones en que ellos vivían hasta hace poco. Los empleados del Diamond Princess comparten habitaciones entre varios, incluyendo el baño. También cenan juntos en espacios muy pequeños. Si durante el periodo de cuarentena (de los pasajeros) algún empleado presentaba síntomas del virus, como fiebre o tos, debía quedarse en su habitación, pero no aislado de sus compañeros ni recibiendo atención médica a la misma velocidad que los infectados en los camarotes superiores.
¿Qué debería haber hecho Carnival, la empresa dueña del barco? El gobierno japonés no permitía a nadie salir de la nave. La electricidad, el agua y todos los servicios básicos del barco tenían que continuar, al igual que el servicio para los miles de pasajeros, incluida su alimentación. Alguien tenía que hacer todo eso. Tal vez en retrospectiva sea más fácil responder esa pregunta. La empresa se limitó a decir que sus oraciones eran para los pasajeros y la tripulación, a quienes darán dos meses de vacaciones pagas, una vez superada definitivamente la emergencia.
En medio de este panorama se dio un fenómeno conmovedor. Los pasajeros empezaron a dejar mensajes en muchos idiomas en la parte exterior de las puertas de sus habitaciones agradeciendo a los empleados por su trabajo incondicional y pidiéndoles que se cuidaran hasta donde les fuera posible.
Uno de esos empleados, una mujer filipina llamada Gie, quien lleva más de dos años trabajando en el crucero para poder enviar dinero a sus dos hijos en Manila, contó en sus redes sociales sobre el conmovedor encuentro que tuvo con una niña que violó las normas de la cuarentena. La pequeña abrió la puerta de su habitación para agradecer a Gia por la bandeja con comida que acababa de dejar frente a su cuarto. “Yo no podía ver su sonrisa por el tapabocas, pero sí pude ver sus ojitos agradecidos y vi en ella a mis hijos. Eso me dio fortaleza para seguir trabajando”, así recuerda este momento la mujer, quien aún no sabe si contrajo el coronavirus o no.
La mirada de esa niña, los segundos que duró la conexión entre esos dos seres, me devuelve la esperanza en una humanidad más justa. Quiero gritarle al mundo que el adulto aquel que dijo que “unos somos más iguales que otros” se equivocó. Ciertamente, ante el misterio de la vida, el amor y la muerte, somos todos igual de iguales.