El general y los muertos

Juan David Ochoa
22 de febrero de 2020 – 12:00 a. m.

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El general Mario Montoya Uribe, principal responsable del escándalo más sórdido y macabro de esta historia oscura, hizo presencia de nuevo en la JEP para negarlo todo. Ante preguntas contundentes de su responsabilidad en los crímenes extrajudiciales, respondió frente a 47 huérfanos y viudas que estaban allí para escucharlo: “Haré uso de mi derecho a guardar silencio”. Un insulto frontal y sin máscaras que dejaba entrever su tranquilidad estratégica en la búsqueda de un beneficio de la justicia especial sin una sola contribución ni una respuesta. Su posición sigue siendo la del general todopoderoso de los años marciales de Álvaro Uribe Vélez: esa aura y esa época del poder sin supervisiones y sin ley, en que todo valía para exterminar al enemigo de un conflicto que siguen negándose a reconocer sobre los mismos muertos. Pero después llegó el arrepentimiento también estratégico de sus respuestas ante la insistencia de los magistrados sobre casos y cifras puntuales de su mando entre 2006 y 2008, tiempo en que civiles muertos empezaron a aparecer progresivamente con disfraces y prendas intactas de la insurgencia y llegaron a sumar la cifra sádica de 3.000 falsos positivos, número que se encuentra en los registros de la investigación de su periodo y que podría ser mayor y más escabroso entre lo imaginable. Ante su reverso en el silencio, como aporte a la reparación y a la verdad decidió ser aun más contundente con su mando y su aura de generalísimo impune, y respondió que los crímenes los habían cometido los soldados rasos porque los pobres de su rango no tenían la cultura para diferenciar el significado de las palabras y la diferencia entre bajas y resultados. El apesadumbrado general, que presionaba a sus oficiales en los días más crudos de la guerra con litros y tanques de sangre como única prueba de la victoria, no podía entender que le trajeran cuerpos extraños con las botas al revés y con perfiles sospechosos. La culpa era de ellos por no entender sus hipérboles y sus metáforas agudas en la epopeya de su talento. Los rasos eran los únicos salvajes bajo su teoría poética de la milicia y del honor, y esos muertos anónimos solo podrían ser cargados por ellos: los ignorantes que de repente hicieron caso omiso a los entrenamientos humanistas de las guarniciones y a los himnos de guerra que solo hablaban de la obediencia al derecho y a la ley.

11 militares lo han denunciado por ser el explícito responsable de los crímenes. El coronel Gabriel de Jesús Rincón lo describe en una enfermiza obsesión por la muerte como único resultado aceptable, y una reciente aparición del coronel Álvaro Amórtegui ha detallado las posiciones delirantes de Montoya y sus arrebatos de furia ante las negativas de sus oficiales a obedecerlo. Los testimonios contra el general que coinciden en sus órdenes claras y precisas aumentan, y las persecuciones al interior de las brigadas contra los traidores también. La cacería de brujas continúa aunque el ministro de Defensa siga entregando partes de tranquilidad con el uso estratégico de las metáforas que les aplaca el descrédito y les posterga la verdad. El generalísimo espera la próxima decisión de la JEP sobre su futuro. Lo hará sentado entre la sombra y tranquilidad que lo dejaron respirar en paz sobre todos los muertos.

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