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James Robinson argumentó en Economía colombiana del siglo XX que el clientelismo podría ser tan negativo para el desarrollo de un país como el populismo, con el agravante, podría agregar, de que al evadir las demandas populares terminaba exacerbando el conflicto social.
Puedo hacer una larga lista de hechos negativos atribuibles al clientelismo y que frenan el desarrollo de las fuerzas productivas en el país: las carreteras y dobles calzadas pagadas muchas veces y que no se terminan nunca, las ciudades con sistemas de transporte varias veces robados, Bogotá misma agobiada por vías entregadas a la corrupción y un sistema de transporte que no aguantó el futuro.
Llevo varias décadas pregonando que en el país no se pagaban los impuestos requeridos para atender sus necesidades. Creía que si el Estado se fortalecía podría enfrentar exitosamente los desafíos de la pobreza, de la educación y la salud universales. Pero los impuestos han aumentado bastante, el gobierno nacional dedica un 6% del PIB a la seguridad, quizás demasiado pero tiene arrinconada a la insurgencia, y los gobiernos de las ciudades se han fortalecido considerablemente. Sin embargo, la pobreza persiste, la educación se ha universalizado con un deterioro de su calidad y el sistema de salud ha aumentado sus números pero sufre de unas fugas de recursos que le restan cobertura y calidad.
Con una mayor tributación y un Estado más grande, la corrupción parece haberse disparado más que proporcionalmente. La gestión es deficiente y cunde la corrupción debido a que los funcionarios elegidos y nombrados surgen del financiamiento de sus campañas políticas por mafias, contratistas e intereses económicos que se lucran del gasto público. Algunos magistrados se autopensionan magníficamente, deteriorando el balance del seguro social. En donde hay control territorial de paramilitares, bacrim o insurgencia, se desvían los recursos públicos a su favor. Así que el problema no era el financiamiento público sino la manera como se organiza el Estado.
Los constituyentes de 1991 creyeron que si el sector privado jugaba un papel más importante en la provisión de servicios domiciliarios y en la contratación de obra pública, se elevaría la eficiencia del Estado. Pero hemos contemplado impotentes cómo algunos grupos se hacían al control de activos públicos comprando los pliegos para prestar servicios caros y malos, aunque hay notables excepciones.
La contratación de obra pública no respeta los principios de competencia y de filtrar los proponentes según su capacidad técnica y financiera. Por el contrario, son los financistas de la campaña presidencial y de los políticos regionales y locales los que triunfan en las licitaciones. Por eso estamos lejos de contar con un servicio nacional de autopistas, ferrocarriles y aeropuertos para atender el crecimiento de la actividad económica que hemos vivido durante la última década.
Un ejemplo claro es el de la Aeronaútica Civil. Aunque los usuarios pagamos una tarifa muy alta, el servicio es pésimo. ¿Por qué? Su dirección está en manos de un partido político, tiene cuotas de la FAC en sus mandos medios, está atrasado años luz en su manejo técnico y ni siquiera atiende adecuadamente los servicios sanitarios de los aeropuertos.
En fin, los frenos al desarrollo económico en Colombia no surgen tanto de la falta de impuestos ni de un sector público ineficiente sino de una enfermedad más vieja y persistente: el clientelismo.