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Esperamos que el nuevo ministro de Agricultura y Desarrollo Rural se ponga las botas del trajinar campesino y los escuche con atención y sabiduría, pues el auténtico cultivador es dueño de un lenguaje bello y sencillo, con el cual alimenta su diaria existencia y la de sus sembradíos.
El principal reto para el nuevo minagricultura es aclarar qué ha pasado con el programa de vivienda rural. Después de 20 años de haberse institucionalizado con 45.000 viviendas iniciales, como subgerencia adscrita al Ministerio de Agricultura y Desarrollo Rural, actualmente no pasa de ser un cadáver que va de entidad en entidad, y en todas partes le cantan funerales, pero ninguna se comprometa a rezarle el réquiem definitivo.
Una de las principales causas de la violencia en Colombia es precisamente la falta de atención a los campesinos. Son muchos los programas que se estructuran y grandes las decepciones que ellos se llevan cuando se sienten engañados por los delincuentes de cuello blanco, incrustados en las altas esferas del Estado sin ninguna responsabilidad de su oficio.
Varias de las cadenas productivas requieren una reestructuración de fondo, pues muchas de ellas no son más que receptoras de burocracia inoperante y despectiva. Cuando se les visita en vía de información o asesoría de proyectos productivos, no tienen el más mínimo conocimiento sobre el tema.
El campesino es un ser humano como cualquier citadino, que merece todo el respeto, consideración y atención del Estado de derecho; no puede continuar siendo el estribo de políticos, pillos y ladrones de cuello blanco, que se roban los presupuestos asignados por los gobiernos para sus arduas labores.
Son cientos los programas que les asignan pero, lamentablemente, en muchas ocasiones los presupuestos resultan siendo el botín de funcionarios corruptos, que sacian sus vergonzosas extravagancias a costa de las angustias de los campesinos.
Dentro de los desafíos del nuevo minagricultura —que viene de Fiduagraria, entidad que administró la vivienda rural durante varios años—, le tocará aclarar qué ha pasado, pues por sus desaciertos e incumplimientos también se ganó el remoquete de borrón y cuenta nueva, es decir, es una entidad itinerante que va dejando a su paso una cadena de incumplimientos, traducida en contratos leoninos y amañados.
Finalmente, el programa, ya averiado y carcomido por la corrupción, fue a parar al Ministerio de Vivienda, donde nadie da razón de nada. Al indagar a un funcionario, solo atinó a decir que no sabe nada de nada.
Al visitar al director de vivienda rural a finales del 2019 para indagar sobre el tema, me dijo que todo se lo habían robado y que varios funcionarios han ido a la cárcel por apropiarse indebidamente de los recursos, pero lo más grave es que varios contratistas que han incumplido no dan señales de vida, es decir, se refundieron en los laberintos de la corrupción.
No olvidemos que el Ministerio de Agricultura y Desarrollo Rural es de vital importancia para el país. Hay que darle el estatus que merece, pues de él se derivan una serie de factores que hacen de Colombia fuente de estabilidad social, económica y política, por la inmensa población campesina que día a día espera nuevas oportunidades de los gobiernos nacional, regionales y municipales.
Debemos ser conscientes de que el campesino de todas las épocas ha sido el mártir de las causas sociales. En tiempos de campaña, los políticos de turno, a más de endulzarles el oído con promesas que nunca cumplen, muchas veces los incitan a la violencia por la forma fácil y elocuente en que les exponen los programas, y después de pasadas las contiendas electorales los echan al olvido, convirtiéndose en sus peores enemigos.