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A veces la mudanza es una bendición y a veces se convierte en un horror apocalíptico. El proceso comienza con la decisión de trasladarse y termina, a los meses, en el lugar nuevo.
Preparar el trasteo supone tener cajas y cinta para armarlas, pensar en prioridades de qué empacar primero y en salir de los chécheres inútiles. Porque aunque los ancestros fueron nómadas, un sedentario se llena de corotos y considera que todo lo que tiene es esencial. ¿Quien podría sobrevivir más de dos días sin una cacerola para el huevo frito o sin la licuadora? ¿Cómo embalar la cafetera para que quede a la vez accesible y ya guardada? ¿Y qué ropa dejamos a la mano para que el lunes laborable después de la mudanza no esté arrugada y con huellas dactilares?
Organizar las cosas resulta divertido en la mañana y muy agotador a medianoche. Divertido cuando aparecen los fantasmas: ¿qué hace aquí entre la Biblia la foto de fulano y ese cursi poema de zutana? ¡Entre un frasco vacío de pepas ansiolíticas aparece el anillo de mamá Tatica, que fue la causa para despedir a la pobre “ladrona” de por días! Agotador cuando a las once de la noche, alumbrando con la única bombilla de la casa, hay que sonarse el polvo de los libros; ir, por fin, al retrete y el papel higiénico esté bien refundido entre un cartón que reza “Libros y restos de mercado”, o quizás, por aquello de la lógica, “Cocina y miscelánea”.
A medianoche se termina la provisión de cajas y aún falta por empacar las cobijas y sábanas, la toalla húmeda, la crema y el cepillo. Eso sin contar los aditamentos electrónicos: el cadáver del Wii, los controles de dos televisores que no existen, un teléfono inalámbrico estropeado, un módem de internet, los incontables cargadores de los celulares. ¡Como los artefactos son todos made in China, se han reproducido desvergonzadamente en las gavetas! Por fortuna un amigo entendido ha regalado diez bolsas industriales de basura. Que Santa Ana, patrona de todas las mudanzas, lo bendiga.
La hora del trasteo es horrorosa. Los contratados de “Se hacen acarreos” son un señor famélico que conduce el furgón, y su hijo, un Sansón no muy grande con cara de que hará caber cualquier mueble por la puerta estrecha, especialmente los de madera fina y bien lacada que no van protegidos. Menos mal que las camas se desarman, pero la lavadora será mejor dejarla después del acarreo en donde el latonero. Las cajas de los libros quedaron, en medio de la prisa, en la ducha con agua y anuncian desfondarse sin remedio, las plantas delicadas…
Ya hecha la mudanza el cuento es otro, que quedará pendiente para cuando el dolor de la espalda ceda un poco, aparezca el adaptador de la computadora (creo que está entre una caja de galletas finlandesas) y terminemos de arreglar los “acabados” del nuevo apartamento, es decir, seis meses. Buenas noticias: el calcetín perdido estaba entre la olleta del cacao, el cepillo de dientes en la caja de herramientas y el destornillador en un zapato. El duende del trasteo es juguetón.