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Conducir

Lorenzo Madrigal
26 de febrero de 2012 – 06:00 p. m.

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Conducir autos puede ser un arte, si se hace con virtuosidad. Ir de pasajero en un pequeño taxi, a veces sin asideros manuales, es prácticamente considerarse un paquete, que va y viene dentro del baúl.

Los antiguos roadsters tenían unas bigoteras o puestos traseros al aire libre y al vaivén de los pormenores del camino. Puestos de testera también llamados portasuegras, las cuales quedaban aisladas de lo que acontecía en cabina. Parecido el caso de quienes viajamos en los pequeños taxis, apenas cobijados de la lluvia, pero mecidos por los bruscos giros de conductores sin arte.

Ignoro si la esposa del mandatario local, de muy buen ver ella, con todo respeto, sea persona ducha en el manejo de automóviles —como dijo un experto en venta de autos, las señoras prefieren conducir tanques de guerra— o si está aún novata o bisoña en ese difícil y a veces entretenido oficio de conducir.

Lo cierto es que llevada del ímpetu veloz de los escoltas y según un testigo de fiar para Caracol Radio —y para el muy respetable periodista Gustavo Gómez—, la primera dama de la capital venía desde la autopista tumbando espejos, irrespetando semáforos, hasta que, detenida la marcha, resultó embestida, no por un toro de la Santamaría, sino por un particular desdichado. El corolario es no chocar con Transmilenio ni con caravana alguna de escoltas, pues nunca se tiene la razón.

Petro, el alcalde mayor, viajaba a su lado, en esa difícil situación de quien va de pato, frenando sin pedal y, según dijo, para acompañar a la simpática Antonella, pero igualmente para que no se dijera que paseaba en auto oficial. De todos modos la escolta, ni más faltaba, debía acompañar el azaroso recorrido de su camioneta particular.

Las vías principales de la ciudad comienzan a ser peatonalizadas (“peatonizadas”, dice el novel alcalde, todavía tropezando con los términos administrativos), no quiero pensar que por evitar incidentes familiares, pero sí con la inevitable consecuencia de hacer insufrible la inmovilidad, que ya es de todas las horas y en todas las zonas de esta ciudad, antes llamada la Atenas Suramericana, luego la Ciudad Sintaxis y ahora la Ciudad Colapsada.

La movilización, comandada desde una secretaría distrital por la doctora Flechas (no confundirla con la doctora Verónica), consiste en proveerse de un paraguas y unos zapatos andadores, los ancianos de un buen bastón o andamio, pues aquí no se mueve nadie en automóvil, al paso que éstos se venden a plazos, sin plazos, con largos plazos, sin intereses, cincuenta cincuenta o llévelo ahora y páguelo el resto de su vida útil, la suya o la del auto. Con el resultado, económicamente incontrolable, de saturar la ciudad, que, dicho con la palabra en boga, colapsó.

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