Publicidad

Muerte y sólo muerte

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

/

Por aquellos tiempos, ella se ufanaba de ser una mujer de antes de la guerra, y lo era. Todos sus gestos, sus movimientos, sus tacones finos y los vestidos de flores diminutas que caían sobre sus pantorrillas, sus palabras y silencios, eran como una extensión de su dignidad.

Era una mujer de antes de la guerra pese a las modas, vanguardias, rumores, señalamientos e hipocresías. Tal vez por eso le apostaba a la decencia, más allá de que en esa apuesta hubiera perdido algunas noches de amor y uno que otro amante. Apostaba, luchaba, perdía y ganaba. Vivía.

La guerra, sin embargo, comenzó a metérsele por las venas la noche de un jueves después de la Semana Santa del 38, cuando los militares se llevaron a su vecina del pelo y la arrastraron calle abajo ante el silencio temeroso de todos los que vieron la escena, incluida ella. Entonces todos ellos, y ella y los de más allá, y los desconocidos y los viejos amigos empezaron a convertirse en sus enemigos. Cualquiera podría revelarles a los “grises” que ella, alguna vez, había conversado con Federico García Lorca. Yo la vi, sí señor, yo los vi a los dos ingresar por ese portón. Yo la vi, sí señor, yo los vi y hablaban de cuestiones políticas. Yo los vi, sí señor.

Una delación podía ser la diferencia entre morir o vivir, entre ser ejecutado de espaldas y caer en una tumba de anónimos, como ocurrió con García Lorca, o poder tergiversarles la historia a los nietos. Después de la vecina cayeron otras dos, y los hijos de una amiga, y decenas de señores con los que ella se había cruzado alguna vez. Nadie en su pueblo volvió a nombrarlos siquiera. El pánico había enterrado las ideologías, los principios, la dignidad. El pavor lo consumía todo. Todo. Vivir o morir, ese era el asunto, y cada día más.

Ella no pudo borrar de un plumazo sus encuentros con García Lorca ni cambiar el rumbo de la guerra, pero una mañana sacó del último rincón de su armario unas cartas que eran poemas y relatos y frases firmados F.G.L., y los quemó. Entonces murmuró, como en uno de sus versos, Lo demás era muerte y sólo muerte a las cinco de la tarde.

Fernando Araújo Vélez

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas. fernando.araujo.velez@gmail.com
Conoce más

Temas recomendados:

 

Comentarios
Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación

Inscríbete a nuestros newsletters

Lo bueno que es estar informado y de una manera diferente desde tu correo electrónico.

Selecciona los newsletters que quieres recibir
Al inscribirte, aceptas nuestros T y C y nuestra Política de privacidad.
Infórmate rápido