
Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Hace unas semanas, como ha venido ocurriendo cada vez más durante la última década, las calles de Barcelona se inundaron, no de turistas, como es lo habitual en la ciudad más visitada de España, sino de locales vistiendo los colores nacionales de rojo y amarillo, acompañados de un fuerte azul oscuro. Para muchos visitantes, las banderas de cuatro franjas rojas sobre un fondo amarillo que decoran —o deslucen, dependiendo de la opinión— los balcones y ventanas de la capital catalana pueden parecer indistinguibles la una de la otra, pero el triángulo azul con una estrella blanca que convierte la Senyera en la Estelada puede marcar la diferencia entre dos lados de una disputa que en años recientes ha alcanzado un punto de ebullición.
Después de las manifestaciones que terminaron en violencia a principios de octubre, y las del mismo mes hace dos años, el tema de la independencia catalana le ha dado la vuelta al mundo y se ha dado a conocer lo suficiente como para poder darme el lujo de evitar contextualizar a fondo. Lo que se debe saber es que los recientes disturbios en Cataluña responden a la condena de entre 9 y 13 años de cárcel a políticos catalanes que se vieron involucrados en la realización del referéndum de independencia del 1.º de octubre de 2017, declarado ilegal por el Tribunal Constitucional de España y que resultó en una infructuosa declaración unilateral de independencia el 27 del mismo mes.
Viví en Barcelona cerca de un año, y mi llegada coincidió cercanamente con el inicio del estado actual de la crisis. Ya en mi única visita anterior, tan solo un mes después de un referendo similar en 2014, me había familiarizado con la situación, pero durante los meses que fui un extranjero más viviendo en la Ciudad Condal, a través de verlo en las calles, hablarlo con locales y estudiar la historia, mi percepción al respecto cambiaría drásticamente.
Lo invitamos a leer: La soledad del gigante
Antes de continuar debo aclarar que no me declaro a favor ni en contra de la independencia catalana —como va la expresión que usé incontables veces allá para evitar entrar en discusiones: no tengo flores en ese entierro—, ya que la disputa poco tiene en qué concernir a un colombiano que simplemente vivió allá una breve temporada.
Los argumentos económicos y políticos a favor y en contra pueden variar, pero lo que yo quiero es enfocarme en las razones que se apoyan en la cultura e historia de la región para impulsar a más de un millón de catalanes a tomarse las calles de Barcelona cada 11 de septiembre, la Diada Nacional de Catalunya, y reclamar que —según ellos, y como se puede leer en algunas pancartas— “Catalunya Espanya”.
Entre las primeras marchas, la enervante cacofonía de las caceroladas, y en especial tras presenciar la monumental manifestación de aquellos catalanes que deseaban permanecer en España, me daba la impresión de que se trataba de un mero discurso nacionalista que se había salido de control; después de todo, Europa cuenta con cientos de minorías lingüísticas que, tranquilamente, forman parte de estados pluriculturales. Lo que cambió por completo mi percepción del deseo nacionalista por la independencia catalana no fueron las marchas ni los discursos profesados por sus líderes políticos, sino una sencilla pregunta en medio de una conversación casual al respecto.
En abril de 2018, más de seis meses después del referendo, una amiga cartagenera que estaba de visita y yo nos encontramos almorzando con un local que resultó ser un fuerte partidario de la independencia catalana. El tema en la ciudad ya era cotidiano, inevitable, así que fue abordado casi de manera inmediata. Después de una breve explicación por parte de él, mi amiga comentó que seguía sin entender por qué, si era nacido en España, hablaba español y había vivido toda su vida allí, no podía sentirse español al igual que catalán. El hombre le devolvió la pregunta de una manera sencilla: nos preguntó por qué nosotros no nos sentíamos españoles. En el momento la réplica me pareció un poco estúpida, pero después de mucho pensarlo, cobró bastante sentido.
En países como Colombia es más fácil sentirse representado tanto por una identidad regional como por una nacional, la primera siendo usualmente un componente de la segunda. Así como yo soy orgullosamente bogotano y mi amiga lo es cartagenera, ambos nos consideramos también colombianos. Sería raro que alguien de Medellín dijera que es paisa mas no colombiano, pero no lo sería tanto si un wayuu se declarara solamente eso. Guardando las proporciones, este ejemplo aclara un poco el asunto.
La cultura latinoamericana es, en gran parte, un producto de la conquista española. Las identidades nacionales en el continente fueron forjándose, tanto artificial como naturalmente, sobre los estados que se establecieron después de la Independencia, pero la realidad es que estos países todos comparten idioma, religión, costumbres, y las diferencias usualmente radican en elementos de las culturas precolombinas locales que se incorporaron a lo que los españoles inculcaron. El caso para las identidades nacionales en Europa es totalmente distinto. Allí los estados surgieron a partir de naciones culturales preexistentes, pero el territorio es tan diverso que muchas de estas quedaron bajo la soberanía de otras más poderosas. Es este el caso de Cataluña.
Entonces, bajo la lógica de la pregunta, si nosotros los latinoamericanos, siendo de cierta forma herederos de la cultura española, no nos sentimos españoles, ¿por qué debería hacerlo una cultura que nació y se desarrolló medio milenio antes de que España siquiera existiese?
Relataré a continuación la historia de Cataluña para dar a entender los orígenes de esta nación cultural —resaltando los momentos claves para el desarrollo de la identidad y de su fuerte apego a la independencia—, pero también para ilustrar cómo buena parte de la configuración contemporánea de esta misma se desarrolló siendo parte del reino de España.
Aunque esta región de la península Ibérica ha estado poblada desde tiempos prehistóricos, la historia de la Cataluña que hoy conocemos comienza en el siglo III a.e.c., con la conquista romana, la cual trajo consigo dos elementos fundamentales para el nacimiento de la nación catalana. El primero fue la fundación de las tres ciudades que hoy continúan siendo las principales de la comunidad autónoma: Tarragona, Gerona y Barcelona. El segundo, y tal vez más importante, fue el latín, idioma del cual evolucionaron todas las lenguas romances, entre ellas el catalán.
En el siglo VIII e.c., Carlomagno estableció al pie de los Pirineos la Marca Hispánica, un grupo de condados bajo su influencia que servirían como barrera entre su territorio y la creciente conquista musulmana. Estos contaban con una gran autonomía, la cual fue creciendo a medida que se deterioraba el Imperio carolingio, y desarrollaron relaciones políticas y comerciales entre ellos, convergiendo en torno al más prominente de todos: Barcelona. La independencia de facto del imperio llegaría bajo el liderazgo de Wifredo el Velloso, quien jugaría un papel importante en la narrativa de la identidad catalana siglos más tarde.
Fue bajo esta unión de condados que comenzaron a desarrollarse funciones y costumbres sociales propias. En estas se basarían tempranas constituciones que les permitieron regirse bajo sus propias leyes, en lugar de aquellas dictadas por un poder mayor. Los primeros indicios de lo que sería la lengua catalana ya comenzaban a manifestarse en textos legales y comerciales escritos en latín, lo cual demuestra que la lengua oral en la región ya difería de la escrita oficial, y a finales del siglo XI aparecieron los primeros textos escritos enteramente en catalán.
Si bien la identidad catalana nació hacia finales de la Alta Edad Media en lo que se podría considerar un estado independiente, sería al precio de esta independencia que vendrían el desarrollo y crecimiento que le permitieron ganar prominencia y expandirse en los siglos por venir. Gracias a esto, aunque la lengua catalana es hoy menos hablada que el español, el portugués y el francés, es considerablemente más relevante que el occitano, el aragonés, el sardo y otras aisladas lenguas romances que todavía viven.
La región que recientemente comenzaba a conocerse como Cataluña —el registro más antiguo del término data del año 1117— se incorporó al reino de Aragón en 1150 con el matrimonio entre la heredera de esta corona, Petronila de Aragón, y el conde de Barcelona, Ramón Berenguer IV. A pesar de que el condado se encontró ahora subordinado bajo esta unión dinástica, pudo preservar sus leyes e instituciones, y por ende un estado de autonomía casi absoluta.
Durante el extenso reino de Jaume I, o Jaime el Conquistador, comenzó la vigorosa expansión del reino de Aragón hacia el sur de la península y a través del Mediterráneo. Con Barcelona como su potencia naval, el catalán se desarrolló como una lengua jurídica y literaria, además de comercial. Las antiguas constituciones se tradujeron del latín al catalán; Ramón Llull, padre de la prosa catalana, escribió sobre filosofía y ciencia en este idioma; se conformó el principado de Cataluña, y se crearon las instituciones que por casi quinientos años gobernarían la región: las Corts Catalanes, el Consell de Cent y la Generalitat de Catalunya, uno de los principales símbolos de la autonomía catalana.
Este inicio dejó una fuerte marca en la identidad catalana, proporcionando un poderoso orgullo por sus instituciones, lengua, símbolos y figuras históricas. Es a raíz de esta expansión que todavía hoy existen comunidades catalanoparlantes en la isla italiana de Cerdeña, y cualquiera que haya visitado Barcelona conocerá tanto su imponente catedral gótica y la basílica de Santa María del Mar, como la Gran Via de les Corts Catalanes, el Carrer del Consell de Cent y la Plaça Jaume I, entre otros cientos de honores a la historia catalana que cubren las calles de su capital.
Hasta este momento, Cataluña no solo había sido independiente de España sino que la había precedido. Aunque el nombre España había existido ya por cientos de años —habiendo evolucionado del latín Hispania— el concepto de nación que conocemos hoy aún estaba gestante. La unión matrimonial entre Fernando II de Aragón e Isabel I de Castilla, los reyes católicos, en 1469, unificó los dos reinos, pero sería su nieto Carlos I, medio siglo después, el primero en obtener el título de rey de España, así integrándolos y reinándolos en conjunto por primera vez.
Si bien el nombre España se utilizaba para representar todos los dominios territoriales del reino en la península Ibérica, Aragón —y por ende Cataluña— continuaba preservando su autonomía legislativa y fiscal. Mientras tanto, la naciente identidad española fue alineándose con la castellana más que el resto, dado que este reino conformaba tres cuartos del territorio y un 80 % de su población. La conquista del Nuevo Mundo continuaba brindándole más poder y prominencia a Castilla, mientras Aragón se mantuvo al margen de este proceso, razón por la cual el catalán nunca se impuso en América Latina.
A pesar de los múltiples poderes externos y uniones monárquicas que teóricamente habían ejercido su soberanía sobre el Principat de Catalunya, la posibilidad de dictar sus propias leyes y cobrar sus propios impuestos había mantenido al pueblo catalán al margen de proyectos independentistas. Sería durante la Guerra de los 30 Años que la fuerte presencia de tropas castelleanas en Cataluña y un intento por centralizar el poder llevarían a un levantamiento del pueblo, conocido como la Guerra de los Segadores.
Cataluña proclamó una república independiente amparada por Francia y las luchas duraron doce años, hasta que la región regresó al Reino de España en 1652, victoriosa al haber logrado preservar su preciada autonomía. Este alzamiento no solo fue uno de los más exitosos intentos por parte de Cataluña de desasociarse de España, sino que también sirvió para reforzar el bravo orgullo por la identidad catalana e inclusive proporcionó el llamamiento a la libertad que luego inspiraría el actual himno de Cataluña: Els Segadors, el cual traducido al español comienza: “Cataluña, triunfante, / ¡volverá a ser rica y plena! / ¡Atrás esta gente / tan ufana y tan soberbia!”.
La muerte sin herederos del rey Carlos II al iniciar el siglo XVIII desencadenaría un conflicto monárquico entre dos poderosísimas casas europeas, el cual pondría fin de una vez por todas a la autonomía catalana. En la Guerra de Sucesión Española que enfrentó a Felipe V de Borbón y Carlos de Habsburgo, Cataluña escogió el lado perdedor al alinearse con el archiduque austriaco. La ciudad de Barcelona cayó ante las tropas borbonas tras más de un año de sitio, el 11 de septiembre de 1714, fecha que marcó un antes y un después en la historia de Cataluña y carga todavía un enorme poder simbólico.
Una vez en el poder, Felipe V proclamó los Decretos de Nueva Planta, los cuales abolían por completo todas las leyes e instituciones de los integrantes del Reino de Aragón que habían apoyado la causa de los Habsburgo. Al acabarse el modelo compuesto de la monarquía hispánica, los catalanes se encontraron por primera vez arrebatados de la autonomía que habían gozado casi ininterrumpidamente desde los tiempos de la Marca Hispánica, cerca de mil años atrás.
La centralización del poder también significó, más allá del fin de las Corts Catalanes y el Consell de Cent, que el castellano sustituiría al catalán como lengua oficial. Aunque esto no evitó que el idioma continuara usándose socialmente de manera extraoficial, sí implicó una fuerte castellanización de la lengua y cultura catalanas.
Sería durante el siglo XIX, en el seno de la industrialización de España y el fuerte desarrollo de Barcelona como una de las principales ciudades industriales de Europa, que la cultura catalana viviría un resurgimiento. Los esfuerzos por recuperar el catalán como una lengua literaria, ilustre y cultural fueron creciendo, y autores como Joan Maragall, Bonaventura Carles Aribau y Jacint Verdaguer —“el príncipe de los poetas catalanes”— fueron protagonistas de este período que se conoce como la Renaixença.
Siendo parte del Romanticismo europeo, con sus temáticas históricas y patrióticas, este renacimiento se encargó de fortalecer una identidad nacional al mitificar la narrativa detrás de sus símbolos: “la bandera, la fiesta y el himno”. En esta época se glorificaría el heroísmo de los catalanes que lucharon por la libertad contra los Borbones, celebrándose por primera vez la Diada; se compondría la música y actualizaría la letra del romance del siglo XVII para crear Els Segadors, y se modernizaría la leyenda de las cuatro barras de sangre, la cual atribuía el origen del escudo de los Berenguer —del cual nació la Senyera— a la heroica sangre de Wifredo el Velloso con la que el rey de los francos hizo cuatro barras color escarlata sobre un escudo dorado. A pesar de ser falsa, esta leyenda es un excelente ejemplo de la narrativa nacionalista decimonónica que buscaba unificar pueblos en torno a figuras legendarias y gloriosas.
Durante esta época también creció en popularidad y osadía la famosa tradición de las torres humanas de los castellers. Pep Ventura creó la modalidad moderna de la sardana, danza tradicional que sería asimilada a la nación catalana, al igual que muchas otras expresiones culturales. Comenzó también la construcción —todavía inconclusa— de la imponente basílica de la Sagrada Familia como máxima expresión del modernismo catalán y se erigió el extravagante Arc de Triomf, que, a diferencia de otros arcos de triunfo en el mundo, no celebraba una victoria militar, sino el vigoroso desarrollo artístico, industrial y económico de Cataluña.
Este renacimiento cultural daría origen al nacionalismo que conocemos hoy en día y en el cual se inspiró el movimiento independentista. Josep Narcís Roca i Farreras publicó la primera propuesta de un estado independiente en su artículo Ni espanyols ni francesos, y Vicenç Albert Ballester diseñó, inspirado en la bandera de Cuba, la famosa Estelada, que hoy simboliza el sueño de la independencia.
El siglo XX trajo una montaña rusa de oscilación entre polos opuestos para la autonomía catalana. Después de doscientos años de haber perdido sus instituciones, estas serían recobradas al establecerse la Mancomunidad de Cataluña en 1914, la cual duró menos de una década. Fue abolida por la dictadura de Miguel Primo de Rivera en 1923, con el catalán y sus símbolos siendo una vez más fuertemente reprimidos al prohibirse su uso en el gobierno y la vía pública.
Otro cambio drástico llegaría menos de diez años después con la creación de la Segunda República, bajo la cual uno de los padres del independentismo catalán moderno, Francesc Macià, declaró rápidamente la República catalana el 14 de abril de 1931. Negociaciones con el gobierno lograron mantenerla dentro de la nueva República española bajo el nombre de Generalitat de Catalunya. Dos años después, tras la muerte de Macià, su sucesor, Lluis Companys, sería frustrado en su intento de proclamar unilateralmente una república independiente y una vez más la Generalitat sería disuelta en favor de un consejo asignado por el gobierno central. Poco después explotó la guerra civil española y, con la victoria del general Francisco Franco en 1939, comenzaría la más fuerte y prolongada represión de la cultura catalana en toda su historia.
Durante la dictadura de Franco la persecución del catalán fue absoluta en todo ámbito, salvo el familiar. La educación tanto de la lengua como de la cultura y la historia fue suprimida, y se declaró que todos los servicios públicos debían usar el “idioma nacional”. Todo documento legal debía estar en castellano, calles y edificaciones fueron renombradas, la biblioteca de Pompeu Fabra (lingüista creador de la normativa catalana moderna) saqueada y quemada, y marcas, producciones, medios y publicaciones que utilizaran el catalán eran censurados. Hablar el idioma en la vía pública podía llevar a problemas con las autoridades y múltiples eslóganes se crearon para inhibir su uso: “Aquí se habla la lengua del Imperio”, “Si eres patriota habla español…, si no lo eres, fastídiate y háblalo también”.
Si bien algunas de estas medidas serían ligeramente relajadas hacia la segunda mitad de la dictadura —se permitieron algunas emisiones en catalán y cierto grado de educación catalana—, su implementación, sumada a la fuerte migración proveniente de otras regiones de España, logró que por primera vez en la historia el castellano superara al catalán como lengua materna en Cataluña. Los efectos de la represión fueron tan mortíferos para el catalán que un censo lingüístico llevado a cabo en 1986 —once años después de la muerte del general Franco— descubrió que solo cerca de dos tercios de la población en Cataluña podían hablarlo y menos de un tercio podía escribirlo.
Con la nueva Constitución de 1978 (aprobada en el referendo por 90 % de los catalanes) llegó el Estatut d’Autonomia, el cual puso fin a toda represión al restablecer las instituciones y brindar al catalán el estatus de lengua cooficial en la región. Aunque el regreso de la democracia a España devolvió a Cataluña un nivel de autonomía que no gozaba hacía siglos, no fue suficiente para sanar las heridas del franquismo y apagar el movimiento independentista. El Estatut se actualizó en 2006 con gran dificultad, y muchos puntos claves para los catalanes, como mayor poder judicial para Cataluña y el establecimiento del catalán como lengua única para la enseñanza, fueron declarados inconstitucionales, por lo que el documento que resultó no satisfizo al pueblo catalán.
Este desplante, sumado a la crisis económica que golpeó a España a finales de la primera década del siglo XXI, incrementaron el descontento nacionalista hacia Madrid e hicieron explotar el deseo por la secesión. El discurso que alega que Cataluña no solo es una nación aparte de la española, sino que una más próspera de la cual el resto del país se está aprovechando, cogió tracción y ahora es citado como uno de los principales argumentos para reclamar la independencia. Mientras que es verdad que Cataluña, siendo una de las comunidades autónomas más prósperas de España, hace una mayor contribución a la administración central de lo que recibe en gasto estatal, esto no necesariamente implica que al convertirse en un estado independiente se mantendría esta misma fortaleza económica, en especial considerando la declaración de la Comisión Europea afirmando que la única independencia que se reconocería sería una bilateral, y que esta secesión dejaría al nuevo país por fuera de la Unión Europea.
Aunque la historia, política y economía se utilizan para argumentar a favor de ambos bandos, todo realmente radica en una cuestión de identidad. El discurso independentista depende enteramente de que exista un fuerte anhelo identitario que no solamente promueva un fuerte orgullo por la cultura catalana, sino que rechace de manera tajante la idea de que esta pueda ser compatible o coexistir con la española
La realidad es que este discurso independentista parece estar perdiendo impulso, con un creciente número de catalanes hastiándose de la fragmentación social que ha provocado. Mientras la Diada de 2014 vio más de 1,8 millones de personas tomarse las calles de Barcelona, supuestamente en nombre de la independencia, la Guardia Urbana estima que la fiesta nacional de 2019 reunió a tan solo 600.000.
Los resultados de los referendos, según los cuales más del 90 % de la población desea la independencia, son poco confiables ya que, al no tener implicaciones constitucionales, son boicoteados por los unionistas. Es más, esta población que opta por continuar perteneciendo a España poco se había hecho sentir hasta que dos días después de la declaración unilateral de independencia en 2017 se tomaron pacíficamente la colosal Avinguda Diagonal para decirle al mundo “Somos catalanes, y también queremos ser españoles”.
El prolongado malestar social llevó finalmente a muchos más catalanes a romper su silencio y expresarse, no en contra de una comunidad autónoma o una república independiente, sino de la violencia y el vandalismo que han estado despedazando la ciudad y región que ambos lados orgullosamente llaman su hogar. Personas que han logrado entender y reconocer que España es un país diverso que no se adhiere únicamente a lo que representan Madrid y Sevilla, y que se autodenominan tanto catalanes como españoles, por fin se están haciendo escuchar. Ante la debacle que se vivió en las calles de Barcelona a mediados de este mes, un mensaje comenzó a rondar por las redes sociales:
“A ti que nunca has sido muy de banderas pero si te dan a elegir prefieres la amarilla y la roja… con dos o cuatro franjas, pero sin estrella […]; a ti que te gusta el buen jamón ibérico, pero acompañado de pa amb tomaquet, mejor que mejor […]; a ti que se te ilumina la sonrisa paseando por la Gran Vía, ya sea en la de Barcelona o en la de Madrid […]; a ti te digo que somos nosotros los que debemos acercar posturas, porque somos los que estamos en el medio, los que podemos entender un lado y otro, y que queremos dejar de alimentar el odio”.
Si bien puede que la identidad nacional catalana naciera antes que la española, de cierta manera —al igual que las identidades latinoamericanas son producto de ella— esta segunda nació del encuentro entre la castellana, catalana, y todas las otras que conforman el reino de España. La persecución fue un error histórico por parte de Madrid y evitó por mucho tiempo que la identidad catalana se sintiera como la parte fundamental de España que es. Pero nada de esto impide que, a través de convivencia, tolerancia y respeto por todas las culturas que conforman el estado, el tiempo no pueda llevar a que más catalanes se sientan españoles, mientras que un círculo vicioso de desprecio xenófobo con seguridad continuará perpetuando el problema.
Y si alguien lee este escrito y se pregunta qué carajos podría saber un colombiano sobre un conflicto histórico entre catalanes y españoles, le diré que los colombianos sabemos un poco sobre el dolor del conflicto interno, y que las heridas infligidas entre hermanos pueden demorar siglos en sanar.