Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Con frecuencia me pregunto si por no aprender de la historia es que tantas veces terminamos reeditando en Colombia los errores y sufrimientos del pasado.
Por eso, sólo con el ánimo de restar adeptos a ideas y creencias ya probadas como erróneas, no sobra recordar de vez en cuando aquellos acontecimientos que, sin dudar de las buenas intenciones de sus protagonistas, terminaron convertidos en sucesos dolorosos que no pueden volver a repetirse.
Diez años pasaron ya desde que el presidente Pastrana decidió terminar con los famosos diálogos de paz que tuvieron como escenario una zona desmilitarizada de 42.000 kilómetros cuadrados. Durante tres años, cuatro meses y seis días, la sociedad y su gobierno hicieron todo cuanto estuvo a su alcance para demostrar que no faltaba voluntad de paz ni determinación para perdonar miles de crímenes atroces y, al mismo tiempo, brindar oportunidades de reinserción social e incluso abrir espacios de participación política. Sin embargo, todo fue en vano. No hubo salida política negociada al conflicto y tampoco disminución de la violencia. Los terroristas respondieron con muerte a la generosidad del Estado y demostraron que no tienen interés en la paz, sino en el dinero que les queda del negocio de la droga. Usted —le dijo Pastrana a Marulanda— ha convertido la zona de distensión “en una guarida de secuestradores, en un laboratorio de drogas ilícitas, en un depósito de armas, dinamita y carros robados”. De hecho, el gobierno denunció que mientras se relanzaba el proceso para recuperar su credibilidad, las Farc cometían 117 atentados terroristas, asesinaban 20 civiles y dinamitaban tres puentes vehiculares y 33 torres de energía.
Los fallidos diálogos de paz en el Caguán dejaron muchas enseñanzas. La más importante de todas fue la de habernos permitido comprender que cualquier acto generoso del gobierno es interpretado por la guerrilla como debilidad y utilizado como ventaja estratégica. Todo, con estos personajes, resulta siendo fraudulento. Por eso es difícil comprender a quienes hoy insisten en promover unos nuevos diálogos de paz. Aun apelando a la ciencia ficción y aceptando que la guerrilla tuviese voluntad de paz, no se me ocurre qué podríamos ofrecerles como sociedad en medio de un proceso: ¿Acaso no saben que ya no podemos perdonar sus delitos como habríamos podido hacerlo en el pasado? ¿No se han dado cuenta de que los programas de desmovilización ya existen? ¿No conocen los inamovibles institucionales que surgieron del proceso de negociación con los paramilitares? ¿Pretenden hacer creer a los colombianos que la agenda social que está pendiente sólo se realizará por cuenta de su imposición?
Por todo esto hay quienes creemos que la única negociación posible con las Farc es aquella en la cual se establezcan los plazos, términos y condiciones de su sometimiento a la justicia, y para ello basta con que reconozcan su ADN criminal y sobre esa base empiecen a confesar sus delitos. Colombia está dispuesta a ofrecerles garantías para su sometimiento, pero no concesiones para que vuelvan a engañarnos.
@NicolasUribe