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Pasó lo que tenía que pasar con el Centro Nacional de Memoria Histórica en cabeza del negacionista Darío Acevedo: fue expulsado de la red internacional que promueve la vigencia de los derechos humanos en América Latina (Reslac) por negarse a responder preguntas elementales sobre el conflicto armado en Colombia. Ante el escándalo, responde que fue producto de un pequeño malentendido en el diligenciamiento de los documentos, pero a estas alturas del tiempo y del gobierno es de público conocimiento que el malentendido histórico es deliberado y pasional, una venganza narrativa de los terratenientes que recobraron el poder para negar sus inversiones y su protagonismo en las masacres abiertas y sin discriminación con las que ganaron la guerra y fulminaron a sus enemigos. Aceptaron en los tiempos anónimos de la creación del paramilitarismo la urgencia de un ejército irregular para hacer con efectividad lo que el ejército no podía por reglamentos internacionales y por el límite estricto de los Derechos Humanos en la guerra, pero después de la hoguera y las cenizas siguen negándose a reconocer lo obvio: un conflicto de medio siglo fundado en las persecuciones políticas, por los magnicidios del Estado y por la putrefacción natural de los grupos armados que se perdieron entre la demencia y la sevicia de las décadas. Insisten aún en negarlo por la inconveniencia de verse obligados a aceptar que ese enemigo histórico fue creado entre el desbarajuste de un Estado excluyente, ineficaz y revictimizante. Y lo siguen negando para perpetuar la política del odio contra un monstruo fantasmal para sostener una vigencia política en el tiempo. De otra manera y en otro escenario de reconocimiento tendrían que empezar a trabajar para las urgencias sociales que los altos empresarios, sus inversionistas principales, se niegan también a reconocer por inconveniencia y avaricia. Es un círculo de negación patológico que se extiende en el tiempo aunque los muertos sigan apareciendo entre enormes fosas en los departamentos azotados por todos los ejércitos, y aunque los millares de víctimas sigan reclamando la reparación que el gobierno elude y dirige solo hacia los nombres heridos del establecimiento.
Pero el director negacionista del Centro no podía dilatar ni ocultar la historia durante tanto tiempo sin que las consecuencias internacionales empezaran a aparecer. Han recibido con profunda incoherencia y cinismo, además, nuevos recursos y cuantiosas sumas de dinero de la Unión Europea para el posconflicto, prometiendo administrarla bien por el futuro del país reconstruido. El presidente habla en la ONU con voz herida y al borde del llanto de los grandes esfuerzos de la nación por la reconciliación y los aportes a la verdad y al esclarecimiento de los estragos del odio, pero vuelve con la tranquilidad de la retórica y siguen recortando internamente presupuestos que afectan la viabilidad del proceso. Álvaro Uribe Vélez conocía con muchos años de anticipación la postura de Darío Acevedo sobre el conflicto, un historiador de la Universidad Nacional y acorde a sus intereses y posturas era el perfil ideal para el cargo más delicado en su nuevo plazo para contar la historia a su manera. Su lealtad sigue intacta aunque sigan brotando muertos de la tierra y aunque se caiga el mundo sobre su nombre.