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Felicidad. Ese estado efímero, quizás el más fugaz de todos y el más añorado. Felicidad la que mostraba Sadio Mané en la noche del domingo cuando logró ganar la Copa de África con Senegal y ser así el protagonista del primer título para la selección de su país.
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Pero entendamos al fútbol como la felicidad de Mané. La felicidad de los 90 minutos, de ese lapso que es un paréntesis para su vida, quizá para la de todos. Felicidad y sentido que halló desde pequeño cuando vivió en la aldea de Bambali, al sur de Senegal. Sadio recuerda que no a muchos les gustaba el fútbol en su pueblo, y a su familia sí que menos, razón por la cual este deporte también le enseñó la virtud del coraje desde niño, pues tuvo que defender su felicidad y su convicción en su casa.
El colegio poco le interesaba. Mané solo quería jugar fútbol. Sin embargo, en Bambali se las ingeniaron para que él y otros niños no abandonaran el estudio por el balón. En la institución educativa de la aldea crearon un campeonato, y para poder competir en él, el único requisito era asistir a clases, de manera que con tal de participar, Sadio cumplía a regañadientes con ir a estudiar. Pero no fue así siempre.
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“Pasé hambre, trabajé en el campo, jugué descalzo. Hoy puedo ayudar a la gente. Prefiero construir escuelas y dar comida o ropa a la gente pobre”, dijo una vez para Talents d’Afrique, programa del canal senegalés TeleDakar.
La historia de muchos. Escuchar esas palabras de Mané no son lejanas para nosotros. Todo lo contrario. Y ahí es cuando de nuevo uno piensa en el fútbol como un lenguaje universal. Muchos ven en el deporte, quizás este por ser más popular, la ventana de esperanza a otra realidad, la única puerta para acceder a otros mundos y alterar un destino que se pinta difícil de cambiar por las condiciones de pobreza y las problemáticas sociales, pues Senegal -y Mané no ajeno a ese contexto- por muchos años libró el Conflicto de Casamanza, una guerra civil entre el gobierno y el Movimiento de Fuerzas Democráticas de la región.
En 2010, a sus 18 años, decidió irse un día a Dakar, capital de Senegal, a probarse con un equipo de la ciudad y así demostrar que su camino no tenía alternativa. Aunque su familia lo encontró un par de semanas después y tuvo que volver a su natal Bambali, Mané se mantuvo firme en su posición y al año siguiente volvió a Dakar, donde fue descubierto por Olivier Perrin, cazatalentos del FC Metz, escuadra francesa.
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Al Metz llegó ese mismo año. Jugó 34 partidos y marcó cuatro goles entre 2011 y 2013, pues en el mercado de verano pasó al Salzburgo, donde también estuvo por un período de tres años antes de llegar a la Premier League. En el conjunto austriaco disputó 63 compromisos y anotó 31 tantos.
Liverpool no fue su primer equipo en Inglaterra, sino Southampton, escuadra donde estuvo entre 2014 y 2016. Fueron 67 partidos y 21 goles en las dos temporadas que, según él, fueron difíciles, pues si bien cumplió el sueño de jugar en la Premier, le costó adaptarse al equipo y al ritmo de competencia.
Los años han pasado y Mané no olvida sus orígenes. Habitualmente asiste a la mezquita Al Rahman, situada en la Mulgraver Street de Liverpool, donde ora con la comunidad musulmana. Allí se le ha visto colaborar con el cuidado del lugar y con obras de beneficencia. Además de verlo por las calles de la ciudad inglesa ayudando a otros, de movilizarse en bicicleta y de jugar con los niños que se cruza y lo saludan, Sadio también aporta dinero para ayudar a los habitantes de Bambali.
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“Para qué querría 10 Ferraris, 20 relojes de diamantes o dos aviones? ¿Qué harán esas cosas por mí y por el mundo? No necesito autos de lujo, casas de lujo, viajes ni mucho menos aviones. Prefiero que los míos reciban un poco de lo que la vida me ha dado”, dijo Mané, quien hace unos años entregó cerca de 300 mil euros para construir una escuela, así como ayuda a financiar la creación de un hospital y, de igual manera, dona 70 euros a las familias de su aldea para aportar a su economía.
Sané entrega desinteresadamente. Sus obras son producto de una noble intención por brindar aquello que le faltó en su infancia. Su aporte a la construcción de un hospital se debe a que no quiere que muchos repitan lo que él vivió hace años con la muerte de su papá: “Cuando tenía siete años, mi padre falleció. Tuvo un fuerte dolor de estómago y, como no había hospital en mi aldea, se lo tuvieron que llevar a otra. En el trayecto, empeoró y murió”, dijo en una entrevista para el Canal+ África.
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Todo esto para decir que haber llegado a la cumbre del fútbol mundial no lo alejó de sus orígenes por los lujos que ofrece jugar para uno de los mejores equipos a nivel internacional. Desde su llega a Liverpool, en 2016, Sadio Mané ha jugado 265 partidos en todas las competiciones y ha anotado 113 goles. Actualmente viste la 10, al igual que con la camiseta de Senegal. De la compañía de otros referentes de Liverpool -nuevo club del colombiano Luis Díaz-, como Virgil van Dijk o Mohamed Salah -a quien enfrentó en la final de la Copa de África-, el volante de 29 años se ha convertido en un ídolo del equipo al ser protagonista de los títulos de Champions League en 2019, la Supercopa de Europa y el Mundial de Clubes del mismo año, así como de la Premier League de 2020, trofeos que reivindicaron la felicidad que defiende desde niño.