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El Catatumbo es una región del nororiente de Colombia, ubicada principalmente en el departamento de Norte de Santander y con una pequeña porción en el sur del Cesar, que se extiende entre la Cordillera Oriental y el lago de Maracaibo, en la frontera con Venezuela.
Está compuesta por municipios como Ábrego, Convención, El Carmen, El Tarra, Hacarí, La Playa de Belén, Ocaña, Río de Oro, San Calixto, Sardinata, Teorama y Tibú. Esta zona fronteriza, de clima cálido y húmedo en gran parte de su extensión, ha sido centro de disputas por el control de cultivos ilícitos y presencia de grupos armados que han marcado el día a día de sus habitantes con violencia y desplazamientos forzados.

En medio de esta compleja realidad, es habitual que las historias que llegan desde esta zona en la que la presencia estatal no es precisamente fuerte, no sean esperanzadoras. Sin embargo, con la intención de crear otras narrativas, hay quienes desde el deporte han trabajado para que haya relatos positivos en medio de la adversidad.
La promesa departamental
El gimnasta Camilo Vera es hoy uno de los referentes deportivos del Catatumbo. No porque haya nacido allí, sino porque una parte decisiva de su formación ocurrió en medio de ese territorio, lejos de coliseos ideales.
Su historia conecta los entrenamientos de alto rendimiento con barras improvisadas en fincas.
Pero el camino no comenzó ahí, sino en Cúcuta, donde nació. Era el hermano del medio y su madre, Zuleima, la cabeza de su hogar, tuvo que remar contra viento y marea para combatir la situación económica que atravesaban.
Vera empezó en la gimnasia a los cuatro años. El talento apareció temprano, pero sostenerlo fue otra historia. El transporte, la alimentación y el cuidado eran problemas diarios. Zuleima vendía minutos en la calle y debía llevarlo con ella porque no tenía con quién dejarlo. “Desde entonces decía que quería regalarme una casa. Él ha entrenado con muchas ganas porque sabe lo que hemos vivido”, comentó su madre en diálogo con El Espectador.
En 2011, las dificultades la llevaron al Catatumbo para trabajar en una finca de Teorama. Camilo apenas iniciaba su proceso deportivo. Vivió allí de manera intermitente, pues debía volver a Cúcuta para continuar su formación. En 2014, sin recursos para sostener arriendo y comida en la capital nortesantandereana, Vera regresó al Catatumbo. Allí vivió de cerca el conflicto. “Ya había enfrentamientos, miedos, nos tocaba meternos debajo de la cama. La escuela quedaba cerca del tubo de Ecopetrol y cuando lo reventaban se oían los bombazos. Cuando escuchábamos los disparos los niños se echaban al piso a esperar que pasaran los enfrentamientos”, recuerda.
El miedo creció y Zuleima entendió que el riesgo ya no era solo económico. En diciembre de 2014, apenas terminaron las clases, regresó a Cúcuta con sus tres hijos. Fue una decisión tomada no solo desde el temor, sino también desde la convicción de que las carreras deportivas de Camilo, y de sus dos hermanos, quienes practican judo, no sobrevivirían a ese entorno.
Desde 2015, de vuelta en Cúcuta, Camilo entrenó sin interrupciones. En 2016 fue subcampeón nacional. Ese resultado confirmó que el camino elegido tenía sentido. Mientras tanto, la economía familiar seguía siendo frágil. Rifas, ventas caseras y oficios ocasionales sostenían una rutina exigente de entrenamientos y competencias.
La pandemia volvió a empujar a la familia al Catatumbo, esta vez por el confinamiento. Sin gimnasio, Camilo entrenó por videollamadas en una finca de Tibú, con barras hechas de madera. El entrenamiento de alto rendimiento se adaptó a un entorno rural, en el que la precariedad no fue excusa. Zuleima está convencida de que ese recorrido moldeó al deportista que es hoy. “No ha tenido nada fácil, pero él es muy fuerte mentalmente”, dice. Camilo aprendió a perder, a lesionarse, a empezar de nuevo. Cuando cayó en su primer Sudamericano, decidió entrenar más. Cuando se quedó sin Mundial Juvenil en 2023 por una lesión, eligió esperar. Al igual que pasa con la población del Catatumbo, la resiliencia fue método.
Las medallas que ganó Camilo hace dos meses cerraron ese ciclo. Tras perderse el Mundial de 2023 por una lesión de columna, en el de 2025, disputado en Manila (Filipinas), sí dijo “presente” y se embolsó dos preseas doradas, una en barras paralelas y otra en barra fija.
“Yo le leía los labios y decía: ‘Gracias mamá’”, recuerda Zuleima. Hoy, mientras entrena para sumar puntos rumbo a Los Ángeles 2028, esas medallas también cuentan una historia, la de un gimnasta formado entre equipos improvisados y dificultades, quien llevó no solo a Cúcuta, sino también al Catatumbo, a lo más alto del podio, pues es una tierra que también corre por sus venas.
Cuna de micreros
El año pasado el Polideportivo San Rafael, en El Tarra, se vistió de fiesta como pocas veces. Real Catatumbo jugaba por el título en la Superliga de Microfútbol 2025. La ida había terminado a favor de Acacías Sikuani (Meta), su rival en la gran definición, pero ya en la vuelta los catatumberos forzaron los penaltis.
“Para El Tarra y para todo el Catatumbo fue mucho más que un logro deportivo”, explica Ánderson León, comunicador social y uno de los principales promotores de este proyecto. “También fue una forma de recordarnos que el Catatumbo no es solo conflicto, sino talento, esfuerzo y ganas de salir adelante”.

La alegría, sin embargo, no fue completa. Desde el punto blanco la fortuna no acompañó al Real Catatumbo y no pudo lograr el título. De todos modos León consideró que el resultado final no alcanzaba a opacar lo realmente esencial y es que, por unos días, de lo que más se habló en la región, no solo en El Tarra, fue de micro.
“En un territorio golpeado por la violencia, estar tan cerca de un título nacional significó demostrar que aquí también se construyen sueños, disciplina y esperanza. Fue una alegría colectiva, un motivo de orgullo y una muestra de que el deporte puede convertirse en un camino de resistencia pacífica, capaz de unir a la comunidad”.
Nada de eso ocurrió al margen de las circunstancias de la zona. Los jugadores del equipo viven y sienten a diario las tensiones del territorio. La situación de orden público sí incide, no están aislados de la realidad.
Muchos de ellos provienen de zonas rurales o barrios populares en los que la movilidad es limitada y la incertidumbre es constante.
Aun así, el equipo de micro se transformó en un espacio de contención. Entrenar y competir les permite canalizar esas dificultades y mantenerse enfocados en un proyecto de vida distinto, lejos de la violencia. Representar al Catatumbo en escenarios nacionales también significó enfrentar prejuicios. “Competir es una forma de decirle al país que aquí hay jóvenes disciplinados, comprometidos y con un enorme talento deportivo y humano”.
Real Catatumbo nació precisamente para disputar narrativas negativas. El proyecto surgió en 2021 como una iniciativa comunitaria impulsada por líderes locales, entre los que se encontraba Yahir Amaya, quienes encontraron en el microfútbol una herramienta de transformación social. Ya en otros municipios de la zona hubo procesos parecidos, de los que se hablará a continuación.
Desde entonces, el equipo ha competido en torneos locales, departamentales y nacionales hasta consolidarse como uno de los más fuertes en la Superliga de Microfútbol. El reto ahora es sostener lo logrado e ir por más para consolidar al equipo como un referente nacional. No es una tarea sencilla, pues al contexto de la región se suman la falta de recursos y el poco apoyo institucional.
Detrás de ese contexto está la historia personal de León, quien nació hace 30 años en El Tarra y se define como un hijo del Catatumbo. Proviene de una familia campesina y fue uno de los primeros profesionales de su entorno. “Vengo de una región marcada por la resistencia y la esperanza, y eso ha definido mi manera de ver la vida”.
Los retos de la zona
Cuando Jesús Apalmo, quien fue atleta de alto rendimiento en su país natal tanto en béisbol como en sóftbol, llegó hace ocho años al Catatumbo desde el Zulia, lo hizo en compañía de su esposa Lizianny Cubillán. Por la crisis en su Venezuela natal se trasladaron a Tibú, donde hoy viven con dos de sus tres hijos.

Apalmo, de 40 años, conoció a Ánderson León y ejerció como fisioterapeuta en Real Catatumbo. Antes pasó por Piratas de Tibú, un proyecto que fue campeón de la Superliga de Microfútbol en 2021.
Desde que llegó a la región algo que le llamó la atención fue que las canchas del casco urbano estaban siempre ocupadas. Niños, adolescentes, mujeres, adultos y veteranos. La violencia, sin embargo, no es un telón de fondo abstracto. Tras el recrudecimiento del conflicto armado en enero de 2025, las canchas quedaron vacías. Tuvo que desplazarse con su familia. El retorno de la población fue gradual pero no completo. Jesús siempre pensó en regresar. “Yo no soy hijo de esta tierra, pero parece que lo fuera”.
Las canchas del municipio volvieron a tener acción deportiva y, al ver ese espíritu, Apalmo tomó el impulso de crear, en compañía de su esposa y Ánderson León, la Fundación Integral Ishtana. El nombre proviene de una palabra en la lengua del pueblo Barí que significa “la casa del trueno”.
“Queremos demostrar lo que tenemos acá”, resume Apalmo. “Eso es lo que queremos mostrar: que el Catatumbo no sea visto solo como zona roja o productora de coca. Hay otra sociedad que quiere salir a la luz e impulsar a los jóvenes”.
Reunió 28 equipos de la región en el Torneo Intergremial 2025 Copa Serinsa. También organizó el Torneo Abierto Binacional Tres Bocas, en pleno eje fronterizo, con equipos colombianos y venezolanos. Todo, con cuidados específicos como horarios diurnos y el respaldo de juntas de acción comunal para minimizar riesgos. Aun así hay situaciones que no están en su control. Las vías para llegar a las distintas poblaciones, algunas secundarias o terciarias, no suelen estar en las mejores condiciones. También están expuestos a retenes ilegales en los trayectos.
La seguridad pesa, pero insiste en que el mayor obstáculo es económico. “Necesitamos implementos, recursos, ligas propias. Para competir a nivel profesional debemos trasladarnos a Cúcuta, y eso implica grandes gastos”, señala. A eso se suma la falta de infraestructura adecuada. “No tenemos un coliseo. Eso se ha prometido en varios procesos políticos y nunca llega”, lamentó. Las dificultades en materia de infraestructura no se limitan a Tibú, sino a otros municipios de la región.
Aun así, Apalmo insiste en el valor estratégico del deporte. “En el Catatumbo muchos jóvenes no tienen oportunidades de ser visibles”. Sabe que allá los buenos son más así no hagan el mismo ruido que las bombas o no llenen tanto los titulares de las agendas informativas.
En el Catatumbo hay familias que han encontrado un hogar, como es el caso de Jesús Apalmo. Hay quienes a través del deporte vieron una forma de quedarse y de tejer comunidad en medio de la zozobra. Sin embargo también hay historias desde aquellos que tuvieron que irse, como la familia Vera, quienes incluso desde allá prepararon una carrera de alto rendimiento.
La conversación sobre el Catatumbo está incompleta si se lo limita al conflicto armado. “La verdadera cara es su gente”, destaca Ánderson León, quien se refiere a campesinos, jóvenes, líderes sociales y, para los efectos de esta nota, deportistas, quienes a pesar de la adversidad se rehúsan a perder la esperanza de un futuro mejor. No es solo un territorio herido, sino un espacio donde hay otras historias que, sin negar su realidad ni su contexto, también quieren ganarse un lugar en la agenda informativa con buenas noticias.
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