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Las cumbres de las Américas serán siempre controvertidas porque algunos piensan que solo sirven para reiterar el control continental de los Estados Unidos y otros creen que no sirven para nada.
No hay campo sustancial de la vida del hemisferio que no figure en la lista de los buenos propósitos con los que en declaraciones solemnes se comprometen los Jefes de Estado y de Gobierno en cada encuentro. El problema radica más bien en que la lista de las realizaciones se queda siempre corta. Por lo tanto es preciso conseguir que se vaya más allá de las declaraciones y se conciban mecanismos de acción y verificación del cumplimiento de los compromisos. Y que los gobernantes se acuerden de sus obligaciones continentales a tiempo, y no solamente cuando las cancillerías advierten que es tiempo de concurrir a una nueva cita.
Cuando en 1994, por iniciativa de Bill Clinton, se reunió la primera Cumbre de las Américas con treinta y cuatro mandatarios americanos elegidos bajo criterios electorales similares, no faltó quien interpretara el encuentro como un típico esfuerzo de corte imperial y reacción natural en la disputa por el control de los mercados y la vida política de América Latina y el Caribe, ante los avances de los europeos. Tampoco faltó quien aplaudiera entusiasta la idea de mejorar las relaciones hemisféricas sobre la base de una comunidad de valores y creencias que antes no había tenido tal amplitud. Pero el mundo ha cambiado bastante desde ese momento y cada día se hacen más explícitas diferentes formas de concebir el destino de la Américas y de las relaciones entre los países que las integran. Lo que plantea nuevas exigencias respecto de los denominadores comunes de la convivencia continental.
El último rugido de la tendencia a la formación de grupos dentro del conjunto panamericano lo han dado los miembros del ALBA al insinuar que su participación en el encuentro de Cartagena, en abril venidero, quedaría condicionada a la invitación a Cuba a hacerse presente, lo que sería justo en estricto sentido, si queremos que se trate de una verdadera cumbre de las Américas, pero resulta impracticable porque los Estados Unidos, autores originales de la iniciativa de las cumbres, no estarían dispuestos a aceptar la presencia de Cuba, particularmente en este momento electoral cuando los republicanos le quieren cobrar tan duro al Presidente su aparente debilidad . Y si Colombia lo hace por su propia cuenta terminaría por desterrar a Obama, con las consecuencias laterales que ello podría traer.
El propósito de avanzar hacia unas relaciones interamericanas más fluidas es apreciable y son varios los escenarios en los que se puede trabajar en esa dirección, con la premisa de que existan foros donde nadie sea discriminado por haber escogido una u otra forma de gobernarse. Lo que daría de verdad un ejemplo de tolerancia y comportamiento democrático, en lugar de insistir en instituciones diseñadas para otros tiempos, con sus discriminaciones que todo lo que han hecho es aumentar brechas que ya viene siendo tiempo de cerrar.
En cuanto a la Sexta Cumbre en particular, Colombia piensa en una declaración menos grandilocuente que las anteriores, orientada a la acción y al cumplimiento de los compromisos ya adquiridos. En buena hora, porque nada más amenazante para el modelo de las cumbres que su inocuidad. Lo que está por verse, y en lo que todo el que pueda ha de contribuir, es la índole y efectividad de los mecanismos de control que se puedan adoptar. También ha querido Colombia subrayar la importancia del proceso de integración física del continente, premisa fundamental de las opciones de prosperidad, y ha abierto la puerta para que las organizaciones sociales tengan voz en la discusión de los problemas en su dimensión continental, no de manera protocolaria sino con las razones de fondo que pueden venir de lo profundo de sectores sociales capaces de concebir proyectos y aportar ideas a un propósito común de gran magnitud, que no tiene porqué ser dejado en las manos exclusivas de los gobiernos, de las agencias financieras y de las famélicas instituciones del sistema interamericano.
Si se pudiese lograr una Cumbre que permita avanzar hacia el cumplimiento de tantas proclamas, mucho mejor. Entre tanto y mientras la historia se encarga de consolidar o derrotar la idea, la importancia mínima de las cumbres radica al menos en el hecho de haber presentado en el escenario una lista larga de aspiraciones continentales en materias como el fortalecimiento democrático, la sostenibilidad ambiental, la perspectiva de una mejor educación y tantos otros temas respecto de los cuales es mejor que se agite el debate en todos los sentidos, con participación de la sociedad como protagonista de las mejores decisiones y sobre todo del control que es preciso ejercer sobre los actos de los gobiernos que, querámoslo o no, nos afectan a todos.